Paseos

Una tormenta había dejado un tubo de tres metros de largo en la orilla.
hacen paseos
nos dimos el primer beso. luego de besarla advertí que tenía sangre en mi boca. no supe si era la suya o la mía.
-una vez ella se cae y el la salva

Álbum de fotos

Lo que me sorprendió no fue ver la orilla adornada con los restos de tormenta del día anterior. A lo largo de la costa, se amontonaban como piezas de un museo itinerante, chapas sueltas, partes de coches, camas de hierro, troncos de árboles. Las intensas lluvias provocaban inundaciones que arrasaban fácilmente con las precarias construcciones de la costa. Por eso, entre los objetos que descanban en la arena solía haber de los más insólitos. Electrodomésticos, platos ajados, medias recién lavadas, mamelucos inflados con objetos en su interior. Una vez encontré un álbum de fotos, que dejé secar al sol. Recién pude hojearlo por la tarde.

Recuerdo que en ninguna de las fotografías había personas. Casi todas ellas tenían un fondo oscuro y en el centro o en alguna de sus esquinas, había un estallido controlado de luz. Era un brillo intenso de colores fosforescentes concentrado en una forma sin geometría, pero perfectamente ajustada a sus contornos. Costaba advertir si esa luminosidad se desprendía del objeto que aparecía en la imagen, o si en realidad era el simple reflejo de otro que no estaba contenido en ella. Comprobé que el fondo no era negro, o al menos no del todo. Se trataba más bien una gama compleja de azules. Los matices daban una sensación de profundidad. Incierta digamos, porque no había ningún indicio de horizonte. Lo que me hizo sospechar que entre esos matices podía haber kilómetros de distancia. Como cuando se intenta adivinar el fondo del mar. La oscuridad que suponemos debe ser el fondo, nos devuelce la limitación de nuestra propia percepción. Es evidente que en esa oscuridad comienza una más porfunda. Creo que otro hubiera pensado que estas fotos no eran más que copias malas. Reveladas por algún inexperto, o producto de algún desperfecto en la máquinas que revelan en apenas una hora las placas. Y hasta sería lógico pensarlo.

Lo que volvía esta hipótesis poco probable, era que las fotos estuvieran reunidas en un álbum. Quiero decir, alguien había no sólo quitado esas fotos, sino que también las había dispuesto en una serie para que fueran vistas en ese orden. Y si bien evidentemente faltaban varias páginas y parecían reveladas por la mar misma, las que se habían conservado permitían reconstruir cierto hilo. Era una lástima que las páginas no tuvieran numeración. Al igual que lo que sucedía con la gama de azules y la profundidad, en el álbum el salto de páginas era comprobable aunque impreciso.

Recién pude comprender algo de las fotos, cuando advertí que lo que se repetía en todas ellas era la plantilla iridescente. Su forma tan irregular hacía pensar que cada foto retrataba un objeto distinto. No había en sus lados donde apoyar un ángulo que permitiera asir su volumen. Más difícil que agarrar agua con la mano. Y el fondo azul más que colaborar, complicaba su visión. Lo que me llevo a pensar que las imagenes no podían ser vistas. Quiero decir, por los ojos. Porque aún no eran imágenes. Mostraban el haz de luz que había vulnerado la pupila. Lo que sucedía detrás de los ojos. Sus elementos aún no habían sido distribuidos en el plano. Y sin embargo, es con esa herida que se formaría luego la imagen. No era las fotografías recognoscibles que salen del ojo, sino la cicatriz de la que provienen. Era un punto ciego. Las fotos mostraban lo que el ojo es incapaz de ver, y al mismo tiempo lo que le permite hacerlo. Eso me llevó a pensar que en cualquiera de esas fotos, estaba contenida no sólo el resto de las fotos del álbum, sino todas las imagenes posibles. En ese punto sucedía una detrás y sobre otra. La serie mostraba eso. El movimiento incesante y autosuficiente del punto luminoso. No representaba más que a sí mismo, y lo hacía infinitamente. Recuerdo que una tarde llevé el álbum de fotos al apartamento de Voz del Mar. Pareció no interesarle, ni las fotos ni mis explicaciones.




Baños

A pesar de que podíamos vernos, había días en que preferíamos comunicarnos sólo a través del baño. El hábito quizás. No sé. Una vez que la bañera estaba llena, avisaba a Voz del Mar. Dejaba mi cuerpo sumergirse hasta el fondo, y luego, sin esfuerzo alguno, el agua me devolvía a la superficie. El agua de la canilla era tan salada que a nadie se le ocurría tomarla sin antes haberla hervido. Se sospechaba que las plantas potabilizadoras no estuvieran realmente trabajando. Que hicieran circular sin tratamiento el agua del mar. Para otros el problema era la edad de los caños y las instalaciones. Agravado por la ausencia de un mantenimiento mínimo. De modo que aún cuando el agua fuera potable, el óxido de los kilómetros de cañería la volvía intomable.

Es curioso, pero lo que para muchos era un problema diario, en mi caso resultaba una verdadera suerte. El agua permitía extender mis baños durante horas. Al flotar, la musculatura del agua evitaba que fuera yo el que hiciera el esfuerzo de mantenerme en superficie. Olvidaba, de este modo, los dolores y calambres que me producían el retorcimiento de mis piernas. Había días en que sólo el baño calmaba los retorcijones. Luego de mi primer baño prolongado, creí haber hallado la solución definitiva para los malestares. Pero al rato de secarme las tensiones volvieron igual o peor que antes. Decía que a pesar de ser vecinos, conservábamos con Voz del Mar nuestras charlas a través del baño. En realidad no eran del todo charlas. La mayor parte del tiempo, ella susurraba o cantaba en un idioma que era para mí -y para ella también- desconocido. Me limitaba a escucharla, y de a ratos me sumergía bajo el agua. Podía pasarse horas enteras cantando sin interrupciones. Después advertí que no comprender el idioma permitía que su canto no fuera agotador. Y hasta producía cierto alivio. No parecía haber muchas variaciones en su voz. Quizás por eso me llevó tiempo diferenciar las melodías y textos de un canto de otro. De su voz recuerdo que al cantar parecía que estuviera haciendo gárgaras. Daba la sensación de que hacía burbujas con la voz. No se me ocurre una manera mejor de decirlo. El primero de los cantos evidentemente tenía como objetivo el saludo. Podía ocupar la mañana entera con esta frase.

Dignare, Domine, die isto
sine peccato nos custodire.
Miserere nostri, Domine
miserer nostri.

Permutar


De mis viajes en colectivo comprobé algo curioso. Supongo por la frecuencia. Hubo semanas que no pude dejar de ir un sólo día. Acostumbraba sentarme en la última fila de asientos contra la ventanilla. Desde allí podía observar al resto de la gente. Madres con niños envueltos en toallas ensangrentadas. Hombres de traje gastado en partes atípicas. Al costado de las solapas, por ejemplo. Durante el trayecto, la mayoría aprovechaba para intercambiar cosas. Una modalidad que se había generalizado, era exhibir sobre la falda los objetos propios. Quienes subían al colectivo, antes de sentarse lo recorrían de una punta a la otra. Lamparitas, pilas, radios, cigarrillos importados, rollos de papel higiénico, dentífricos, saquitos de té.

Había otros que anotaban en una plancha de cartón objetos que querían vender, pero resultaba imposible trasladar. Heladeras, garrafas, hornos, muebles. No sólo en el colectivo sino también en la calle, había quienes llevaban un cartelito colgando. Arreglo plomería, abogado, reparación de calzado. En esa época, los cerrajeros eran los más solicitados. Llevaban colgando una llave de tamaño exageradamente grande para distinguirse.

Una vez se sentó a mi lado un señor con un cartel que decía: escribo. Y debajo: cartas de amor, cartas documento y traducciones. Del cartón también colgaba una birome. Durante el viaje se le acercó un hombre de baja estatura. Sacó del bolsillo del pantalón un sobre y le pidió si se lo podía leer. A cambio le ofreció una hermosa afeitadora con un juego de hojas de afeitar nuevas. Aceptó. Dentro del sobre había una hoja con una sola oración escrita. No alcancé a leer qué decía. El señor explicó que era un telegrama de despido. Lo firmaba una empresa de nombre extraño. Luego de haberlo escuchado el petiso guardó el sobre en el bolsillo y se sentó unos asientos más adelante.

Al cabo de un rato, otro hombre, éste más joven, se acercó al señor. Le pidió una carta para su enamorada a cambio de cuatro pilas grandes. El escritor rechazó la oferta. Explicó que sólo aceptaría si le conseguía papel. No era fácil conseguir y quizás tuviera que utilizar alguna hoja de borrador. Para que accediera, el joven ofreció entregarle también la linterna donde llevaba las pilas. Sobre un portafolio de cuero, el escritor apoyó una tabla de madera fina. Con la birome que llevaba colgando anotó el nombre de la enamorada. Creo que el escritor suponía que la carta le iba a ser dictada por el joven. Se equivocó.

El muchacho se limitó a contarle los pormenores de la relación. Reclamaba perdón por una infidelidad que había cometido. Se acusaba de estúpido, y un montón de otras palabras que el escritor evitó utilizar. Juraba no sentir nada por esa persona, que si no entendí mal era amiga de su enamorada. Lo que seguía después, era una interminable lista de promesas. Mejorar el trato. Un apartamento para los dos. Conseguir un mejor empleo. Y cuando tuviera suficiente dinero, un viaje. A mí no logró convencerme. Terminado su relato, el escritor extrajo de su portafolio dos libros. Los consultó mientras escribía. Leyó en voz alta oraciones que le maravillaban. De los libros y de las que él escribía también. Eran hermosas. Tenían olor. No se me ocurre una manera mejor de decirlo.

Por razones de seguridad pocos lo hacían. Llevar un cartel con la dirección y características de la casa que deseaba permutar. Al principio funcionó bien. Pero luego, muchos aprovecharon la situación para directamente usurparlas.
-el ruido del motor, se le enganchaba al ruido de su cabeza y lo calmaba
-podía con los ojos cerrados saber por dónde iban, así recordaba el recorrido. no había ninguna indicación
Un día regresé demasiado cargado de piezas de sal. Me había entusiasmado con la tarea y ni siquiera caminé por la costanera. Puse algunas piezas sobre mi falda. Curiosamente dos personas se acercaron para comprármelas. Nada de lo que ofrecían iba a poder ocultárselo a la vista de mi madre. Resolví cambiárselos por boletos de colectivo. De ese modo me aseguraba el viaje del día siguiente.

Viaje

De mis viajes en colectivo comprobé algo curioso. Supongo por la frecuencia. Hubo semanas que no pude dejar de ir un sólo día. Acostumbraba sentarme en la última fila de asientos contra la ventanilla. Desde allí podía observar al resto de la gente. Madres con niños envueltos en toallas ensangrentadas. Hombres de traje gastado en partes atípicas. Al costado de las solapas, por ejemplo. Durante el trayecto, la mayoría aprovechaba para intercambiar cosas. Una modalidad que se había generalizado, era exhibir sobre la falda los objetos propios. Quienes subían al colectivo, antes de sentarse lo recorrían de una punta a la otra. Lamparitas, pilas, radios, cigarrillos importados, rollos de papel higiénico, dentífricos, saquitos de té. Eran productos que . Había otros que anotaban en una plancha de cartón objetos que querían vender, pero resultaba imposible trasladar. Heladeras, garrafas, hornos, muebles. No sólo en el colectivo sino también en la calle, había quienes llevaban un cartelito colgando. Arreglo plomería, abogado, reparación de calzado. En esa época, los cerrajeros eran los más solicitados. Llevaban colgando una llave de tamaño exageradamente grande para distinguirse. Una vez se sentó a mi lado un señor con un cartel que decía: escribo. Y debajo: cartas de amor, cartas documento y traducciones. Del cartón también colgaba una birome. Durante el viaje se le acercó un hombre de baja estatura. Sacó del bolsillo del pantalón un sobre y le pidió si se lo podía leer. A cambio le ofreció una hermosa afeitadora con un juego de hojas de afeitar nuevas. Aceptó. Dentro del sobre había una hoja con una sola oración escrita. No alcancé a leer qué decía. El señor explicó que era un telegrama de despido. Lo firmaba una empresa de nombre extraño. Luego de haberlo escuchado el petiso guardó el sobre en el bolsillo y se sentó unos asientos más adelante. Al cabo de un rato, otro hombre, éste más joven, se acercó al señor. Le pidió una carta para su enamorada a cambio de cuatro pilas grandes. El escritor rechazó la oferta. Explicó que sólo aceptaría si le conseguía papel. No era fácil conseguirlo y podía quizás tener que utilizar alguno de borrador. El joven ofreció también entregarle la linterna donde llevaba las pilas. Sobre un portafolios de cuero, el escritor apoyó una tabla de madera fina. Con la birome que llevaba colgando anotó el nombre de la enamorada. Creo que el escritor suponía que la carta le iba a ser dictada por el joven. Se equivocó. Este se limitó a contarle los pormenores de la relación. Reclamaba perdón por una infidelidad que había cometido. Se acusaba de estúpido, y un montón de otras palabras que el escritor prefirió no utilizar. Juraba no sentinr nada por esa persona, que si no entendí mal era amiga de su enamorada. Lo que seguía después, era una interminable lista de promesas. Mejorar el trato. Un apartamento para los dos. Conseguir un mejor empleo. Y cuando tuviera suficiente dinero, un viaje. A mí no logró convencerme. Terminado su relato, el escritor extrajo de su portafolio dos libros. Los consultó mientras escribía. A medida que avanzaba leía en voz alta algunas oraciones. Eran hermosas. Tenían olor. No se me ocurre una manera mejor de decirlo.
Por razones de seguridad pocos lo hacían. Llevar en un cartel la dirección y características de su casa que deseaba permutar. Al principio funcionó bien. Pero luego, muchos aprovecharon la situación para directamente usurparlas.
-el ruido del motor, se le enganchaba al ruido de su cabeza y lo calmaba
-podía con los ojos cerrados saber or dónde iban, así recordaba el recorrido. no había ninguna indicación
Un día regresé demasiado cargado de piezas de sal. Me había entusiasmado con la tarea y ni siquiera caminé por la costanera. Puse algunas piezas sobre mi falda. Curiosamente dos personas se acercaron para comprármelas. Nada de lo que ofrecían iba a poder ocultárselo a la vista de mi madre. Resolví cambiárselos por boletos de colectivo. De ese modo me aseguraba el viaje del día seiguiente.

Modos de amar

Esa tarde caminé a lo largo de la costanera junto a Voz del Mar. No sé por qué, pero no le decíamos el mar, sino la mar. Íbamos a la mar. Pasábamos el día en la mar. Nos acostamos cerca de la mar. Recuerdo que una vez, expandidos en la arena, no pude contener las ganas. Ella estaba acostada boca abajo. Acerqué mi boca a sus piernas y besé la parte anterior de las rodillas. Mi cuerpo temblaba de placer. Turnaba de pierna. Me hubiera gustado que estuvieran juntas, que formaran una sola superficie. Lamerla sin interrupciones. No puedo decir que a ella le gustaba lo que hacía. Tampoco lo contrario. Al menos parecía no molestarle. Si no estaba despierta, se hacía la dormida.A la vuelta, viajamos en la última fila de asientos del colectivo. El motor de las unidades estaba ubicado en la parte de atrás. De modo que debajo de nuestros asientos el ruido era casi tan fuerte como el grupo electrógeno de un hospital. Hablar era imposible. Yo aproveché decirle lo que no me animaba. No sólo palabras de amor. Dije también cosas que me gustaría hacer con ella si estuviéramos desnudos. Sin embargo, nada de esto parecía afectarla. Respirarte cerca del oído y arrancártela de un tarascón limpio justo cuando estuvieras a punto. Ella miraba por la ventanilla los rastros de lo que sucedió después de lo que todos sabemos. Cortarte los labios para metértela toda. Parecía no escucharme o se hacía. Yo de alguna manera también me hacía. Creo que no me hubiera animado a realizar casi ninguna de las propuestas.

Encontramos la puerta de su apartamento cerrada. Alguien había quitado el cartón. Curiosamente yo había olvidado llevar el cuchillo. Intenté sin hacer mucha fuerza, pero estaba imposible. Fuimos a mi apartamento en busca de herramientas. Dificultaban el paso algunos muebles que había en el pasillo. La puerta del apartamento estaba cerrada. Oí gente hablar adentro. Toqué la puerta. Nadie contestó. Vi que los muebles del pasillo eran los nuestros. Los de mi madre. Recuerdo que salimos del edificio tal como habíamos entrado minutos antes. Caminamos. Comenzaba la oscuridad de la noche a convencer. En la calle nadie. Ella iba unos pasos más adelante. El prendedor aferrado a su pelo rebotaba los últimos rayos del atardecer. Imaginé estar incrustado a ella para siempre.

Una broma

En el apartamento casi no hay otros libros que agendas y guías telefónicas viejas. Digo casi, porque en la habitación de mi madre una vez encontré un ejemplar que leí infinidad de veces. Lo debe haber comprado o le fue obsequiado en la época que iba a un curso de teatro. No duró mucho, pero recuerdo que jamás la volví a ver tan entusiasmada. Pasaba mucho rato frente al espejo del baño. Hacía gestos exagerados con el rostro. Extendía los labios para formar un pico. Y con los brazos quebrados batía las alas. Asustaba verla por la mirilla de la cerradura. En esa época solía obstruirla con un trozo de papel higiénico que era sencillo quitar. Una vez al salir del baño me preguntó si parecía una gaviota. Eso, si parecía una gaviota. Una idiota, la corregí. Pasaron varios días hasta que apareció de nuevo por el apartamento. Digo esto porque en ese libro había una obra de teatro que llevaba ese nombre. Al final del libro, había un cuento que no podía dejar de leer. Era corto, en una época lo sabía de memoria. La historia era así. Un hombre le ofrecía a una mujer arrojarse con el trineo desde lo alto de una colina. A pesar del terror del viajecito, ella termina accediendo. Durante la peligrosa bajada el hombre dice a media voz que la ama. Pero luego jamás vuelve a pronunciar esas palabras. De modo que ella no sabe si en realidad fueron dichas por él o por el viento. Le pedirá volver a arrojarse una y otra vez, para alcanzar a distinguir al dueño de esas palabras. Durante la bajada él siempre repite la frase. Ella fracasará una y otra vez. Se termina casando con un hombre de negocios; y él, solo y pobre, se pregunta porqué hacía esa broma. El misterio sigue siendo misterio, dice en alguna parte. Jamás comprendí La Gaviota. Y en realidad, tampoco este cuento.

Edificio

Recorrimos el edificio. Ella no se atrevía a salir a la calle. Era demasiado prematuro. Los pasillos eran larguísimos. Un día se le ocurrió unaComprobé que los pasillos angostos favorecían mi caminar lateral. Podía lo que en espacios abiertos me era imposible. Apoyar las manos. Con la espalda apenas curvada llegaba cómodo con ambos brazos a rebotarme contra la pared. Comprobé que si los separaba en altura, al caminar, no se pisaba una mano con otra. Es más, le daba envión al paso siguiente. Recorrí el pasillo unos metros de este modo. Sentí que caminaba con las manos. No sabría cómo decirlo mejor. Las palmas de mis manos era las plantas de mis pies. En el pasillo era imposible caerme. Me atreví a correr.Tomándome de las barandas, las escaleras eran una pavada. Subía y bajaba a mi gusto. Donde no había barandas proliferaban cañerías. El edificio tenía tantos departamentos como letras. Era enorme. Uno podía pasarse el día entero recorriéndolo. Por su tamaño y por lo fácil que era perderse. Los pasillos, escaleras y codos invitaban a perderse. Ningún piso respetaba la lógica del inferior. Después de lo que todos sabemos, se construía a medida que se conseguían los materiales y la mano de obra. En las recorridas ella siempre traía un pedazo de pan y dulce que ella misma había preparado. El de frutilla era un manjar. No pude aceptar que me los regalara, por hubiera sido difícil ocultarlo en casa.

Encanto

Un día a la hora del almuerzo, oí ruidos sospechosos. Mi madre me había prohibido hablar o representar voces. Nuestro apartamento no tenía ventanas. La única, que daba a la calle, había sido tapiada. Supuse el ruido de una lima o sierrita. Una puerta se abre con muy pocas herramientas. Por la mirilla no vi nada extraño. Era un sonido que hacía vibrar por un instante las paredes, y luego cesaba. Como el eructo de una ballena. Las paredes amortiguaban el barrido sonoro. Recorrí las habitaciones sin suerte. Se oía fuerte el volumen, pero sin definición.
Fue en el baño que oí con claridad que se trataba de una voz humana. Femenina, sin duda. Ascendía y descendía con una sílaba las escalas. La la la la la. Ro ro ro ro ro. Era tan distinto. A mi doble erre, digo. El zumbido atornillado de las erre era un ruido continuo. En cambio, las sílabas de esta voz, se podían distinguir perfectamente. Eran como suaves golpes de un martillo enfundado en una esponja. Al mantener la distancia entre una nota y la siguiente, podía oírse con claridad el ascenso o descenso. Después supe que sostener una nota y prolongarla hasta el silencio, eran ejercicios de vocalización.
En el baño había ladrillos de distintos materiales. De modo que, como el resto de las paredes del apartamento, su superficie era irregular. En lugares se arqueaba como en una cueva, y en otros al abrirse hacia afuera daba la sensación de estar adentro de un hongo. Aclaro esto porque en el baño, además de ladrillos comunes, había otros de vidrio grueso. Ingresaba por ellos cierta claridad del día. Tenían la particularidad de ser huecos. Esto favorecía la transmisión de la luz, y en este caso el sonido. Sin embargo, la voz llegaba lejana y apagada. Resolví remover alguna pieza de vidrio grueso para oír mejor. Una de ellas, que estaba a la altura de la cintura, tenía un pequeño juego. Introduje la hoja de un cuchillo en los huecos del material. Colaboré con paciencia en cada abertura que ofrecía la mezcla. Con un soplido limpiaba el polvillo para descubrir huecos más profundos. En un momento, apenas si llegaba con la punta del cuchillo. El filo serrucho se adaptó bien al uso de lima. Pude sacar limpia la pieza de vidrio grueso. Y la voz ingresó como un manguerazo de agua por el flamante agujero. Inundó el pequeño recinto del baño. Por su estructura cerrada amplificaba el sonido al resto del apartamento. Me acosté en la bañadera a escuchar.
Era incomprensible. El idioma del canto no era el de nuestro país. Introducía un motivo que luego repetía hasta tres veces. La voz sonaba abovedada. Como si viniese de varios pisos más arriba. Arrastraba el cielo en su descenso. Pensé en una mujer pájaro encerrada en una jaula. Que todas las mañanas hacía de sus alas, su voz. Con la cabeza apoyada en la pared, me sumergí en la música de su aleteo. Cerré la canilla cuando la bañera estaba casi llena. Y me dejé caer en el fondo. Las vibraciones repetían en el agua un oleaje suave. Involuntario. Pensé que el fondo del mar debía ser parecido. Una música que sospechamos a kilómetros de distancia. La conversación infinita de las olas. El cuerpo hamacándose sin esfuerzo en ese vaivén. Arrastrado por corrientes más o menos frías, por manos más o menos conocidas. Es curioso, pero sumergido varios minutos bajo el agua, tenía la sensación de que si asomaba la cabeza a la superficie me iba a ahogar. Instantáneamente. Como si mis órganos respiratorios no fueran capaces de asimilar la brusquedad del cambio. En el agua me pasaba eso. Se disolvía lo que para mí era lo más natural. No se me ocurre una manera mejor de explicarlo. Al asomar la cabeza, estornudé. La voz de repente calló. Y alguien respondió del otro lado.
Nos costó mucho conocernos. En realidad, vernos. Ella igual que yo tenía prohibido salir de su apartamento. Pasamos días enteros charlando. Riéndonos, peleándonos, hasta odiándonos sin habernos visto. Quizás esa imposibilidad nos habilitaba para confiarnos los secretos más íntimos. Cuando logramos vernos, sabíamos todo el uno del otro. Supe que su madre la había dejado en manos de unas monjas. Y no por convicción religiosa. Su gesto de abandono más bien negaba los preceptos de la institución. Las monjas habían negado su admisión por lo avanzado de su edad. Pero después de lo que todos sabemos, la vida pasaba sin demorarse en burocracias morales. El destino de muchas niñas fueron los conventos. De modo que el dinero que su madre entregó a la institución la volvió una niña como las demás.

Allí adquirió los hábitos. Hasta que ella no me lo explicó, advertí que jamás había comprendido del todo esa palabra. Ser monja, es incorporar una serie de hábitos de vida poco comunes. La vida allí dentro se disciplina en horarios muy estrictos. La mañana amanecía con la oración. Se rezaban plegarias que sólo correspondían a ese preciso momento del día. Luego se hacía la cama. Había un breve momento para higienizarse. Y después se tomaba una mate cocido acompañado por galletas o pan. Las novicias se dividían en grupos para desarrollar las actividades. Hacer dulce, círculos de oración, cocinar el almuerzo, limpieza, confección de rosarios con rosas. Odió a todas las monjas, excepto una. La profesora de canto. Mientras ella me contaba esto por la abertura, yo hacía algo que no me atrevía a confesarle. Acompañaba sus relatos frotándome por el cuerpo la mano de sal.
Yo le conté el problema de mis piernas, de la visita, de mi madre, mis sueños, la playa, los métodos caseros, el abandono, mis hipótesis, la sugerencia. Le hablé del abandono, de los apagones, el malecón y mi equilibrio. Todo menos la mano de sal. Mis piernas le generaban una curiosidad enorme. Quería verlas. Una vez se me ocurrió el modo de convencerla. Si yo la visitaba eso no implicaba en realidad que ella saliera. Era yo el que estaba cometiendo la falta. Esa misma mañana, como lo hacía para ir al tinglado, puse un cartón en la puerta. Cuando mi madre se fue, al tirar del cartón la puerta se abrió. Con un cuchillo con serrucho y una hoja de cartón nueva logré abrir la puerta del apartamento de al lado. Ella me había imaginado más petiso. Yo más fea.Pasamos unos minutos simplemente mirándonos. Me hizo bajarme los pantalones para ver bien lo de mis piernas. Tenía el pelo recogido detrás con una hebilla. Jamás había visto una así. Mi madre no solía sujetarse el pelo. Dos resortes hacían fuerza hacia lados contrarios. La hebilla prendía con una fuerza envidiable. Me la coloqué un dedo por uno. Ella la quitó de mi pulgar y me la prendió en la nariz. Intenté con las manos pero no lograba aprehenderla. Su risa más bronca me daba. Choqué mi nariz contra una pared y me fui al piso. Más esfuerzos por quitármela, más me ahogaba. Recién cuando de mi boca empezó a salir espuma ella me asistió. Su susto era mayor al mío. Me desarmé en el piso como si hubiera muerto.

Abandono

Era inevitable no reirme al ver los maquillajes de mi madre en el labatorio del baño. Quizás porque fue la única vez que me golpeó en serio. Golpear, en realidad nos golpeamos los dos. Pero la única que golpeó fue ella. Se lastimó con sus propios golpes. Y si a mí me lastimó tanto, fue porque no sabía pegar. Ya en la escuela había comprobado que las mujeres desconocen sus fuerzas. Cuando las utilizan suelen hacerlo exageradamente. Recién después de golpear, advierten lo desmedido del golpe. Con mi madre fue parecido.
Esto viene a cuento de que mi madre tenía dos versiones de sí misma. O mejor, dos maneras de relacionarse con el abandono que era. Antes de salir a trabajar, su rostro daba miedo. Lleno de marcas. Y no eran todas arrugas. Era demasiado joven para tener tantas. La piel de su cara tenía un desgaste parecido a las manos de quienes utilizan demasiado detergente. Su desgaste era más químico que físico. Yo no sé si es generalizable. Pero supongamos el color fosforescente de los productos de limpieza. Viéndolos es imposible imaginar de donde porvienen. En cambio, viendo una cuchara, se puede rastrear la pieza de metal que debe haber sido. Y yendo más atrás, imaginar el trozo de piedra que aguardaba ser detonado en una mina. El deterioro del cuerpo de mi madre, sería para mí inexplicable. La caída de sus párpados, por ejemplo. Se dio de un día para el otro. No hubo indicios. Al menos para mí, que la veo casi todos los días. Instalaron definitivamente en su cara un aire de cansancio y sueño atrasado. A la mañana, podía llegar a levantarse con la frente o los cachetes hinchados. Como si fuera una respuesta a algún daño que hubieran sufrido el día anterior. A partir de dormir con los almohadones con pedazos de sal escondida, advertí que la sal disipa inflamaciones. Durante el día podía tener tres o cuatro caídas. SI me agarraban desprevenido, el desparramo se aseguraba algún moretón. Colocaba por la noche una pila de almohadones sobre la zona, y al día siguiente podía caerme sobre el mismo lugar. Digo esto, porque a pesar de rechazarlo mi madre no pudo negar los efectos sanadores de los cojines. Ayudaba a atarle dos almohadones pequeños. Uno de cada lado de la cara.
Llegado el momento de partir se los quitaba. Frente al espejo del baño, pasaba al menos media hora. Se colocaba una serie de capas de maquillaje. La podía espiar porque olvidaba cerrar bien la puerta del baño. También la he visto orinar. Lo último que hacía era pintarse los labios. Y corregir el rouge frotándose un labio con el otro. Al salir del baño, uno hubiera pensado que era otra persona. La palabra arreglada, a ella, le cabía perfecto. Había borrado toda huella de abandono. La belleza que resplandecía en su rostro había atravesado esa desolación. Era producto del maquillaje. Por supuesto que mi madre era bella. Pero después de lo que todos sabemos, es como si esa belleza se le hubiera despejado de la cara. Y el día soleado que era entonces su rostro, tenía más de cruel desierto que de vacacional playa. Cuando me besaba antes de irse, si recordaba hacerlo, sentía el pegote de sus cachetes. Se empastaban con los míos. Aún si los apoyaba delicadamente.
Un día, aburrido, comencé a destapar los pequeños estuches que guardaban esos polvos. Los colores oscilaban entre el beige y el marrón. Para la parte izquierda de mi cara, utilicé los más claros. Para la otra los oscuros. Mi cara me comprendía tanto a mí, como a mi hermano negro. No logré que el rouge se ajustara sólo a mis labios. Los errores en la parte superior e inferior, me otorgaban un aspecto payasesco. Se me ocurrió también pintarme lso párpados. Si cerraba uno, con el otro podía ver el extraño efecto que le daba el rojo. No sé porqué, supongo que por el entusiasmo de verme maquillado por primera vez, que no dudé en probarme la ropa de mi madre. Me costó enorme trabajo colocarme una pollera. Era demasiado pequeña, pero era la que mejor me quedaba. Olvidé ponerme corpiño. Por eso quizás la remera me quedaba algo holgada en la parte superior. Los tacos fue casi imposible. Si bien colaboraba que los zapatos me quedaran chicos, tanta altura en los talones me desequilibraba demasiado. Resolví cortarles dos centímetros de cada lado. Fue la solución perfecta.
Creo que jamás vi a mi madre tan sorprendida. Horrorizada. Gritó algún insulto. Me reí. No insultaba bien. Esto la enfureció. Se quitó un zapato, y al ver que escapaba hacia mi habitación me lo revoleó por la cabeza. Su falta de puntería acertó en un adorno de cristal que se rompió al caer al piso. Más enfurecida aún corrió a mi habitación. Me encontró cubierto de almohadones para amortiguar los golpes. Con el primer golpe arrasó mi endeble trinchera. El siguiente fracturó mi nariz. Fue entre una cachetada y una piña. Lo desparejo del golpe fue lo que permitió que un anillo trozara el débil hueso. Después del tortazo, mi madre también gritó del dolor. En pocos instantes, su mano se le había hinchado como si le hubiera picado una abeja. La inflamación no le permitía quitarse lso anillos. Supongo que a eso se debía tanto dolor. De modo similar, la sangre que no dejaba de salir de mi nariz no me permitía localizar el dolor. Me deseperaba menos que dolerme. Perdí tanta sangre, que sospecho por eso desmayé. Recuerdo que antes de caer en ese sueño profundo, vi a mi madre envolverme la cabeza con una toalla. Supuse que me iba a ahorcar. Afortunadamente me equivoqué.

Apagones

Después de lo que todos sabemos, el empeoramiento de los servicios públicos era ostensible. Es curioso como la irregularidad se incorpora tan fácilmente a nuestra vida cotidiana. No sé qué pensar. Si es una virtud propia de la normalidad. Digo la de asimilar con comodidad, hasta casi holgura, lo excepcional. O si lo que sucede es en realidad, al revés. En todo caso, era difícil aceptar que, tal como se decía oficialmente, el verdadero responsable de los apagones era el calor insoportable. Las temperaturas aquí variaron mucho. Escuché de boca de alguien, que hay países en los que no se vive el cambio de estación. El año, para ellos, consiste en una unidad sólo interrumpida por épocas de lluvias. En esas latitudes, llaman malecón a la costanera. Hay quienes dicen que nuestro país tiende a esa indistinción. Creo que se equivocan. Menos que a la indiferencia, a lo que tiende nuestro clima es a los extremos. Sin ir más lejos, el invierno pasado nevó por primera vez para muchos. Es que casi habíamos olvidado que nuestro cielo era capaz de nevar. Mi madre me mostró imágenes que se tomaron del acontecimiento. Calles, autos, casas y edificios, en una palabra, todo enfundado en una capa blanca de masapán. En cambio en verano, los picos de calor son tan elevados que acaban con la vida de mucha gente. Mi madre, me contó que antes, los grandes edificios parecían transpirar. Y no de calor, de frío. Empapaban las veredas. Se utilizaban unos equipos, llamados aire acondicionado, que al condensar el agua arrojaban su desperdicio a la calle. A pesar de que lo seguían haciendo, recomendaban a los niños no consumir ese líquido que no era del todo agua. Pero como esos equipos precisan de electricidad para funcionar, han pasado en esos lugares a ser elementos de decoración.
Esto venía a que los apagones de tan frecuentes, se han regularizado. Y la plasticidad de nuestras vidas se acomodó a esta situación. Como es lógico, el problema más grave es la refrigeración de los alimentos. Aprendí cuáles son perecederos. En realidad todos los son, pero hay algunos en los que el proceso de descomposición es más rápido. Los lácteos y la carne, por ejemplo, son los peores.
sal en casa. En casa había olor a mar.

Sugerencia

El sueño que tuve del cangrejo, me sugirió algo que luego comprobé. Los tubos y cisternas conservaban marcas a lo largo de su superficie. Eran la escritura de las crecidas de agua. Dicen que hay árboles que registran el paso de las años formando arandelas en su tallo. Al parecer, el agua había crecido allí por lo menos metro y medio. Seguramente eso había aconsejado abandonar el lugar a quienes antes lo ocupaban. Mi sorpresa fue advertir que en algunos tubos había aún hilitos de agua. Supuse primero que con el mar tan próximo, debía ser agua de la rompiente de las olas. Pero por la distancia era casi imposible. Supuse entonces la lluvia. Pero hacía días no llovía. Para sacarme la duda probé una gota. Resultó saladísima. Como comer un grano de sal grusa.
La superficie de todas las estructuras estaba cubierta por una capa de dos a tres centímetros de sal. Raspé un poco y se descascaraban planchas de sal enteras con gran facilidad. Vino a mi mente una palabra. Genrosidad. Guardé algunos pedazos en los bolsillos del panalón. Al regresar a casa escondí los trofeos debajo de mi cama. Advertí que no era un buen lugar. No porque en la limpieza mi madre pudiera descubrirlos. Yo era el encargado de mantener el lugar limpio. Mi madre para aprovechar los metros de nuestro pequeño apartamento, guardaba ropa y cosas suyas debajo de mi cama. Era casi imposible que no confundiera los pedazos de sal con algún par de zapatos. Decidí colocarlos dentro de los almohadones que se habían comprado durante el tratamiento. En aquella época, los médicos aconsejaron que durmiera con ambas piernas sobre almohadones. Pasaba las noches con las piernas casi verticales de la inclinación. Si alguien me hubiera visto en la penumbra, hubiera visto una media res vacuna colgada del techo de la habitación.
Para las siguientes visitas, me agencié de una bolsa de mercado que encontré en la cocina. Era rayada y combinaba tres colores. Verde, rojo y amarillo. No sé si se corresponden con la bandera de algún país. Allí podía traer muchos más trozos de sal. Sin embargo, había algunos que eran tan grandes que debía dejar en el suelo. Un desperdicio. Últimamente, he perdido un poco el entusiasmo. Nuestro apartamento es chico, y los lugares para ocultarlos ya excedían mi imaginación. No quedaba colchón, cajón profundo o placard en desuso que no atesorara las estalagtitas blancas. Hace unos días, sucedió algo curioso. Uno de los pedazos que se desprendió de un caño tenía la forma perfecta de una mano. Si no la rompí para que ocupara menos lugar en el bolso, fue porque eso mismo. No exagero si digo que sujetando la plancha de sal sentí que me estaba dando la mano. Nos dimos un saludo frío. No nos conocíamos. La guardé en el bolso y esa misma noche la dejé sobre mi mesa de luz. No me importó que mi madre lo advirtiera. Por otra parte hacía tiempo que había de dejado de darme las buenas noches. Volvía tan tarde que si no venía a saludarme a la cama, era para ocultar que había llegado al amanecer. Es más, hubo un tiempo en que dudé si no me había abandonado. Pasaron varios días en que registré su cama intacta. Y el olor de su cuerpo, que parecía el de muchos hombres juntos, casi se había extinguido en el apartamento. Hasta que un día llegó a la hora de la cena con una sorpresa. Un pollo al espiedo con papas.
Decía que, a pesar del peligro que implicaba que fuera descubierta, la mano se había instalado en la mesa de luz. Recuerdo que no pasó mucho tiempo en que de noche, sabiendo que mi madre no había llegado aún, comencé a frotármela por el cuerpo. Primero distruibuía el frío por el pecho. Enseguida cobraba temperatura. La de mi cuerpo, lógicamente. Advertí que con los grados también ganaba en humanidad. Luego la descendía a mis genitales. Solía darle unas suaves palmadas a mi miembro. Lo hacía con cariño y firmeza. A medida que comenzaba a irrigarse de sangre la zona, ayudaba con la mano de sal a que mi miembro se incorporara. Lo hacía lento pero sostenido. Una vez que convencía su verticalidad, repetía mecánicamente un movimiento ascendente y descendente. Era importante sobretodo mantener cierto ritmo. Comprobé con asombro, que la mano ortopédica, era más diestra para esto, que mi propia mano. La superficie de mi miembro solía humedecerse. De modo que al mojar la mano de sal, ésta desprendía pequeños granitos. El ardor que me producía era exquisito. Introducía una inyección de placer inmediata, como cuando te pellizcan. Esto aceleraba mi pulso cardíaco y excitación. Era casi imposible prolongar el movimiento frenético o al menos demorar el caudaloso derrame de mis sustancias. La mano de sal era mucho más fácil de lavar que la parte inferior de mi abdomen.

Modos de caminar

Mi modo de caminar, debido al problema de mis piernas, era bastante particular. En pocas palabras, camino de costado. Lateral, como los jugadores de tenis. Como mis piernas están enfrentadas debo hacerlo así. Al principio solía auxiliarme tomándome de las paredes. Advertí que el problema de ese modo humillante de reptar, no era una dificultad de mis piernas. Sino de mi equilibrio. Creo que la gente que camina hacia adelante, tiene un pésimo equilibrio. Por eso encuentran asombroso algo tan fácil como caminar por una cuerda en el aire. Comencé a dominar el balanceo de mi cuerpo. Era el único modo de independizarme de apoyos externos. Entendí lo extraño que resulta la constitución física de nuestro cuerpo. Puesto que en posición vertical, los pies son el único punto de apoyo de todo el cuerpo. Y su superficie comparada con el resto del cuerpo es mínimo. Para que nuestra especie conserve la verticalidad que la distingue del resto, sacrificamos el útil apoyo de nuestras manos.
Practiqué el equilibrio con muchos elementos. La mayoría de ellos eran los que mi madre había utilizado para intentar corregir mis piernas. Con las sogas, por ejemplo, ejercitaba atravesar el espacio entre una pared y otra. Hubo un tiempo, que pese al enojo de mi madre, instalé un recorrido de cuerdas que me permitían andar por toda la casa sin apenas acariciar una pared. Estuve tan orgulloso de eso. Del invento y bueno, de mis posibilidades físicas.
Mentiría si digo que fue culpa de mi actividad con las sogas. Pero la transformación en mis manos fue contemporáneo a esos ejercicios. Para sujetarme debía hacer mucha fuerza con los brazos y manos, pero sobretodo los dedos. Sin ellos la fuerza del resto de mi cuerpo no tenía donde aferrarse. De modo que lod dedos de mi mano comenzaron a atrofiarse. Excepto el pulgar, los demás dedos se habían endurecido de modo tal que no lograba separarlos. Tampoco podía auxiliarme con la otra mano, pues sufría el mismo proceso. Quizás debí haber pensado algún modo de intervenir la unión de mis dedos. Y no hubiera sido tan difícil. Unas tablitas entre cada dedo, por ejemplo. Supongo que mi preocupación por caminar sin ayuda, despejaba del horizonte ese tipo de posibilidades. Al poco tiempo, mi mano, más que una mano, parecía una pinza. Era capaz de romper una nuez con sólo apretarla. Del horno colgaba una suerte de manopla que utilizaba para no quemarme. En mi mano calzaba perfecta. Pedí a mi madre si podía comprarme la que se fabrica para los zurdos. Quería completar el par. Un día juró que le fue imposible conseguirla. Advertí que, en realidad, para la mano izquierda podía utilizar el mismo guante pero dado vuelta. Sin embargo, ya no me atreví a pedirle a mi madre.

Conspiraciones

Antes de visitar el parque, jamás había salido de casa. Todo lo que sabía de la calle era a través de mi madre. De sus relatos. Y como solía llegar cansada, tampoco podía exigirle más detalles de los que me ofrecía. Menos aún podía reclamar relatos de cosas que ella parecía no darle importancia. La realidad para mí estaba fragmentada. Era como si mi mundo prescindiera de pedazos de realidad. Es probable que el hábito de pensar colaboró para que sucediera. Mi visita al parque, digo. Exponer a que alguien ocupara para siempre nuestra casa. Y que mi madre y yo debiéramos recorrer la ciudad en busca de un nuevo asilo.
Un día se me presentó una idea espantosa. Sigo creyendo que la lucidez es algo que se padece. La idea que tuve articulaba dos cosas que jamás había creído cómplices. Que yo no saliera de casa, se debía a la vergüenza que sentía mi madre, ante los ojos de los demás, de mi condición. Tranquilamente podría haber dicho que yo había muerto. Y es cierto, no hay modo mejor de matar a alguien, que mantenerlo oculto de los demás con su propio consentimiento. El plan de mi madre era perfecto.

Mi temor

El temor que me perseguía era que por algún motivo el lugar hubiera desaparecido. Y no era poco probable. Que una ordenanza municipal por ejemplo. Decidiera que ese terreno, así, era un desperdicio. Y que una comunidad tan pequeña como la nuestra. Tan alejada de donde pasan las decisiones que resuelven el destino del mundo. Se diera el lujo de no hacer rendir económicamente esas hectáreas. Y aún cuando no hubiera dinero. Siempre algún inversionista extranjero estaría dispuesto a hacer más dinero.

El llamado

Comenzaba a sentir una serie de vibraciones suaves, ondulantes. Después, el ritmo ganaba en latidos externos de un corazón que, por supuesto, no era el mío. Esa especie de estampida de indios, digamos, crecía hasta montar su galope en mis oídos. Los tímpanos se nublaban, como si me hubiera entrado agua. Y un zumbido mudo se instalaba en la parte superior de mi cabeza. El estribillo que se repetía era el sonido constante de una doble erre. Me venía una especie de mareo o ganas de vomitar. Seguramente la debilidad de mis piernas colaboraba. Era lógico que flaquearan en la embestida. Aún cuando estuviera sentado o acostado.

La erre podía durar varios minutos. La variación más notable era el ascenso del volumen. Sentía un grupo electrógeno de hospital encendido en mi cabeza. Pero más tarde que temprano, el torbellino se transformaba en un espaciado rebote. Lo más parecido a un chico que empieza a jugar al básquet. Afortunadamente el ruido desmayaba en el lento y acompasado vagar de olas. Yo quedaba completamente seco, pero convencido de haber sido bañado en algo. Y con la certeza de que lo tenía incrustado. Necesitaba escapar hacia alguna parte. Aún cuando sabía que huía de algo que llevaba conmigo. No sé porqué siempre aparecía en ese horizonte fracturado, ir a la construcción. Allí había olor a mar. Quizás asociaba eso inexplicablemente a la libertad o la posibilidad de liberarme de la sensación de encierro. Entonces me dirigía hacia allí, era la única esperanza de que tendría descanso.

Malecón

Me enteré por mi madre, que en otros países, a lo que aquí llamamos costanera, le dicen malecón. Así como suena, malecón. Nos referimos a lo mismo de modos distintos. Recuerdo que los días siguientes inventé una palabra distinta para cada objeto del apartamento. Realicé un inventario, que luego aprendí de memoria. Muchas de las palabras eran completamente nuevas. No era fácil hacerlas. Tenía dos limitaciones importantes. Debía poder pronunciarlas, y por si esto fuera poco, recordarlas. Naco, por ejemplo. Era sencilla y sonaba bien. En la cocina, colgaban los nacos dentro de bolsas. Utilizaba las bolsas de cebolla porque eran de un tejido plástico que permitía la ventilación. Para conservar la carne la enrollaba en pedazos de sal. En pocos días la carne abandonaba su rojo alarido, por un gris más o menos pálido. Solía suceder que durante semanas era imposible conseguir carne. Sin que mi madre se diera cuenta, agregaba al guisos los mariscos que juntaba en la playa. Bien cocidos todo lo que perdían en sabor lo ganaban en firmeza.
A mi madre le había puesto Ona. Al sol, krenn. La luna por utilizar la luz del sol, era casi igual pero con una ene menos, kreen. Algo simlilar pasaba por ejemplo con kauken, la noche. Compartía la raíz de sol y luna pero tenía en el medio la ausencia. Au.
Para otras utilicé las mismas letras pero con orden distinto. La sema con las loptas darvises, era evidentemente, la mesa con los platos servidos. Las tenía tan incorporadas que comencé a olvidar su combinación anterior. Sé que entre las nuevas
Advertí que el lenguaje está plagado de equívocos. Fue con los médicos. En la primera consulta, el médico vio en mis piernas una enfermedad física. En cambio en la siguiente consulta, un médico más joven juró que tenía antes sus ojos un milagro evolutivo. Un salto de la especie para uno, y una enfermedad hereditaria para otro. En una de mis habituales caminatas por la costanera, enfrente del tinglado, recordé la palabra malecón. La repetí varias veces. A pesar de eso, seguía caminando por la costanera.


Un día mi madre me prohibió volver a hablar en ese idioma. AUnque a veces lo hacía, no siempre era para insultarla. En adelante comencé a olvidar esas palabras que sólo volvían a aparecer en sueños.
UN día soné un poema y se lo regalé a Voz del Mar.
Soñé que tenías una flor
en lugar de cabeza.

Al día siguiente la llevabas puesta.

Hábitos

Supongo que por pasar tantas horas dentro de casa, adquirí el hábito de pensar. Es decir, la actividad inmóvil de volver una y otra vez sobre lo que pienso. Temo aburrirme y a veces mi única actividad durante el día es ésa, pensar. Es extraño, pero cansa. A veces más que tener que hacer mandados una mañana entera. Hubo una época, cuando la única preocupación eran las usurpaciones, en la que mi madre me sugirió que hablara si escuchaba algún ruido en la puerta. Y en varias oportunidades pasó. Pisadas que se detenían frente a nuestra casa. Y se quedaban allí unos instantes sin llamar a la puerta ni hablar. Entonces comenzaba una charla. Debía hacerlo por mí y por alguien más. Hablar conmigo mismo pero con voces distintas. Creo que la segunda voz no era precisamente creativa. Su ocurrencia fue tan espontánea. Por evitar un estornudo me tapé la nariz y continué hablando. Mi voz se volvió más apagada y por supuesto más nasal. De modo que sugería que alguien hablaba desde el fondo de la casa. Y que esa voz resfriada pertenecía a una persona mayor.
Con la práctica fui perfeccionando tanto la fluidez de los cambios de voz como el contenido de los diálogos. Me dio confianza advertir que mi técnica disipaba las intenciones de los ocupas. Es más, un día me atreví a representar una escena. Había algo en disputa, no recuerdo bien qué. La cuestión es que después de gritarse un rato, una de las voces quebraba en llanto. La otra seguía con los alaridos. Así fue que mi madre, que estaba del otro lado de la puerta y no encontraba la llave se quedó escuchando hasta el final. Cuando entró, me debe haber visto con el rostro empapado en lágrimas. Y en mi boca, aún hablando la voz que había gritado pidiéndome disculpas. Mi madre dijo que ya no era necesario, lo de simular que hubiera más gente. Y me prohibió en adelante ese ejercicio. Lo que no implica que haya dejado de hacerlo adentro de mi cabeza. Pensar se parece mucho a eso.

Métodos caseros

A mi madre o la desesperación que era ella entonces, se le ocurrieron una serie de técnicas caseras. Eran diferentes y los elementos involucrados variaban, pero estaban alentadas por la misma idea. La hipótesis era que si mis piernas se retorcían para el mismo lado, la fuerza que operaba sobre ellas era la misma. Entonces lo que se debía hacer, era operar sobre esa fuerza pero en sentido contario. Usó un trapo de piso para representarlo. Los procedimientos parecían más métodos de tortura que de sanación. Rompió muchos de sus cinturones para armar una especie de manijas. Probó atarme con cuerdas durante horas. Había conseguido unas argollas que colocó en paredes distintas para sujetarme. Cada implemento podía prolongarse hasta una semana, sin contar los intervalos de descanso. Que en general coincidían con los momentos para comer.

Ante el fracaso de sus técnicas, mi madre comenzó a subjetivar mi problema. Me pedía una colaboración que era imposible. La fuerza que retorcía mis piernas no parecía provenir de mi cuerpo. Y sin embargo ella comenzó a dudar si yo tenía verdaderas ganas de curarme. Llegó a afirmar que el retorcimiento era producto de cierto empecinamiento mío. Sus hipótesis psicológicas tampoco permitían aclarar nada. Ni yo pretendía no caminar para estar siempre cerca suyo. Ni tampoco había elegido a mi padre. Escucharla decir eso, no podía dejar de resultarme a mí y a ella, patético. Pero creo que era el modo de arreglárselas con su decepción. Sé que mucho tiempo me odió. Y sé también que si yo comencé a participar en el fracaso de sus métodos, fue para repartir la responsabilidad de la tristeza. Ella corroboraba sus tontas hipótesis, y yo la veía más tiempo del día feliz. Entendí que las prendas de adultez con que el desarrollo viste a los niños, son desparejas. En mi caso, hasta injustas.

Mi crecimiento

Durante la etapa de crecimiento, mi cuerpo se dio demasiadas libertades. Creo que nada produce tanta satisfacción en este mundo, como cuando aquel cuerpo adulto que deseábamos de hermanos, primos, incluso el de nuestros padres, se empieza a desarrollar en el nuestro. Uno siente en carne propia el trabajo de la especie. Las zapatillas chicas son una victoria irrefutable. Tener que comprar o conseguir ropa prestada de adultos es una confirmación de un proceso que no queremos que se detenga jamás.

Hubo un momento en el que yo sí quise que se detuviera. Pero del mismo modo en que el cambio había comenzado sin avisarme, luego tampoco iba a consultar su detención. Al principio, mi cuerpo aumentó en tamaño y peso correctamente. Veía en la mirada tanto de mi madre como sus amigas, que mis músculos se moldeaban a la forma de los hombres. Mi ignorancia acerca de ello les permitía conservar la licencia de acariciarme. De mis brazos y pecho aparecieron músculos que jamás había sospechado. Hasta mis piernas tenían entonces un tamaño y aspecto absolutamente normal. Un poco chuecas, es cierto. Esto es algo que mi madre se reprochará siempre. No haber intervenido a tiempo. Creo que si no lo hizo, fue justamente porque nada sugería otra cosa que permitiera sospechar algún tipo de deformidad física.

Progresivamente mis pies fueron abandonando la paralela que es normal que formen. El ángulo de la cuña de ambos pies era cada vez más notorio. Desde un punto de vista geométrico, que fue el que eligió un médico para explicarle a mi madre, el avance se agudizaba. Lo que sucedía podía describirse como la tendencia de los ángulos a devenir más agudos. Nunca pensé que mis pies pudieran llegar a torcerse de modo que se tocaran las puntas. Para que ello fuera posible, mis piernas habían colaborado. Es decir, habían girado a la altura de la cadera para quedar literalmente enfrentadas.

Las técnicas que ofertaban los médicos se mostraron todas inoperantes. Mi caso, así nombraban los uniformes blancos el tema de mis piernas, no tenía solución. Visitamos muchos, de nuestra ciudad y de otras. Médico al que llegábamos, se entusiasmaba con el fracaso de sus colegas ante mi desgracia. Cuando perdía la esperanza, y no tardaba en suceder, preferían tenerme lo más lejos posible. Me derivaban. Y así estuvimos con mi madre, derivando hasta que nuestro dinero se secó por completo. Nuestras lágrimas también habían secado. Comprobamos que los médicos para conservar su orgullo y prestigio pierden rápido la esperanza. Y que nosotros no podíamos darnos el lujo de perderla.

Playa

Una sola vez en mi vida fui a la playa. En realidad, fuimos. Mis padres y yo. Acostados en la arena, sentí una molestia en la espalda. La molestia se desplazó algunos centímetros por mi cuerpo. Al moverme para acomodar -lo que suponía una piedrita- en alguna concavidad entre mis hombros, la molestia cesaba. Así un rato. Hasta que del lugar en que estaba la molestia, recibí un pellizco punzante. Me incorporó mi propio alarido. Debajo de la toalla, casi del mismo color de la arena, descubrí al agresor. Un bicho parecido a una araña pero con el tronco levemente incorporado me desafiaba con la mirada.
El sol hacía brillar las pinzas que exhibía en cada mano. Las abría y las cerraba. Por lo demás estaba quieto, y en lo que supuse, posición de ataque. Quizás mis movimientos habían sido interpretados por una invitación a pelear. Y sin embargo, lejos de una insinuación guerrera, mis movimientos de espalda sólo habían sido intentos de acoplarme mejor a la naturaleza de la playa. El bicho –después supe que los llamaban cangrejos- se desplazó lateralmente unos centímetros. Su andar le permitía mantener no abandonar la guardia. Cuando estuvo a unos metros acepté que el combate había concluido. Recuerdo que mi madre hizo un chiste. Quizás para calmarme, no sé. Dijo que peor hubiera sido que se me metiera adentro por el culo. Lo que me molestó sobretodo fue que usara esa palabra. No culo, sino la palabra molestia. Eso fue lo que sentí. Y eso fue lo que según ella había sentido durante los meses de mi embarazo. Una molestia. Desde aquella vez, guardo una inexplicable fascinación por los cangrejos.

Sueño

Una noche tuve un sueño. Horrible. Estaba en el tinglado al que ya me referí y voy diariamente. Pero la diferencia era que lo visitaba de noche. Para mi asombro los caños, chapas y cisternas que durante el día lucían un óxido más o menos parejo, en el sueño estaban iridiscentes. De su superficie brillaban fucsias, y una gama inabarcable de colores fosforescentes. Rebotaban, entre ellos, esos fogonazos de luz. Hacían acordar a esas estrellitas que los chicos pegan en el techo de sus habitaciones. Y que cuando el cuarto queda en oscuridad, asoman su débil tintineo. Lo que era llamativo era el material de las estructuras. Juro que se veían iguales a huesos. De una ballena, o algún animal marino que ni los libros de biología sospechan. El techo del tinglado era sin duda su caparazón. Y los tubos, sus largas piernas.
Caminé debajo de él, con miedo a que me aplastara. Cuando llegué al mar pude verlo de frente. Es un modo de decir, porque ver un cangrejo de frente, es en realidad, verlo de costado. Digamos que es un bicho que enfrenta la realidad, de costado. Había otra cosa clarísima. Los dos faroles que había visto siempre apagados, eran sus ojos. Y estaban encendidos. Por ello, supongo, había un ejército interminable de cangrejos que abandonaban el mar y se dirigían al tinglado. Enceguecidos por esos ojos de cuarzo se introducían en una cámara situada en la panza del cangrejo. Seguí su dirección. Me ganó la curiosidad de saber, qué había en la oscuridad en la que todos decidían hundirse. Y por otra parte, debí moverme para no ser arrasado por el movimiento orquestado de ese batallón.
Dentro de la cavidad del cangrejo, observé que de la parte superior colgaban una hilera interminable de pinzas. Era transportado por una cinta mecánica, de ésas que se utilizan para correr dentro de las casas. El movimiento irregular de la cinta me hizo caer. Boca arriba vi descender dos pinzas sobre mi vientre. Con un simple tajo lo abrieron de lado a lado. Comenzaron a extraer mis intestinos. Me asombró su longitud. Jamás hubiera pensado que mi panza era capaz de alojar tantos metros de inestino arrollado. Sentí una molestia en la garganta. De un tirón me gue arrancada del fondo de la boca. Lógicamente era el comienzo de los intestinos, y como tal formaba parte de ellos. El tironeo siguió, y donde comencé a sentir una especie de cosquilleo fue en el ano. Estaba siendo literalmente vaciado. Lo más espantoso fue lo que hicieron después.
Casi a la altura del ombligo tironearon acertadamente en algo que terminaba en la punta de mi pene. Como un guante comenzó a desenfundarse. Pude advertir como iba quedando de mi miembro, apenas una piel blanda parecida a la del escroto. Una vez vaciado, las pinzas llevaron su trofeo hacia una cavidad que deglutía el troperío de un bocado. En el sueño también tenía una ocurrencia. Pensé lo siguiente, los cangrejos son astutos al no comer a los otros. Ellos comen directamente la comida de los otros. Me pareció una bellísima y terrible idea. Cuando desperté fui a buscar un vaso de agua. Con el primer trago sentí el mar en la garganta. Casi me ahogo. Afortunadamente, mi madre me auxilió de mala gana.

Mi madre

En esa época, las horas que pasaba mi madre en casa eran cada vez menos. Y eso, no implicaba necesariamente más trabajo. Recuerdo que al principio podía trabajar puertas adentro. Pero, después de lo que todos sabemos, la gente decidió no abandonar sus casas. De a poco las visitas de los clientes fijos comenzaron a menguar su asiduidad. Demasiado riego, decían para consolar a mi madre. Hasta entonces ser atendidos por mi madre también había sido riesgoso. Por las enfermedades, lógico, y por lo que se puede llegar a enterar. Y es indudable que esa cuota de peligrosidad era constitutiva de esa experiencia de placer. Pero después el riesgo dejó de ser algo calculable. O al menos, sus límites habían dejado de ser claros. Y ellos no se querían exponer. Por eso mi madre resolvió ofrecer sus servicios a domicilio. Si el trabajo no toca la puerta de tu casa, deberás salir a buscarlo. O algo así.

Por el mismo motivo que mi madre debía irse de casa, yo debía quedarme. En esa época, se decía que había quienes aprovechaban las horas de jornada laboral, para ocupar las casas. Al regresar, se encontraban con que su llave, había olvidado cómo abrir la puerta. Si tenían suerte los usurpadores habían dejado las pertenencias del otro lado de la puerta. Lo que volvía menos tolerable la injusticia indiscutible de la acción. Ese gesto de generosidad negaba la atrocidad. O al menos introducía ambigüedad donde no era admisible.
A veces cuando mi madre regresaba a casa, a pesar de su cansancio intercambiábamos algunas palabras. Durante la cena me contaba quiénes habían sido desalojados. Desconocía los apellidos de las familias que nombraba, pero me gustaba oírla hablar. Al principio se vieron encarnizadas peleas en todas las cuadras. Hubo muertes de las que nadie se sintió culpable. Sobre sangre seca, se derramó sangre fresca. La mayoría recordó que era capaz de matar. Y no sólo estaba dispuesto a hacerlo, sino que después de haberlo hecho, guardaban cierta fascinación con el nuevo chiche que era para algunos matar. Pero al cabo de un tiempo la violencia disminuyó notablemente. Creo que no somos un pueblo lo suficientemente sanguinario. Cuando nuestra casa vecina fue ocupada, por ejemplo, oí que sus dueños le agradecían a los usurpadores haberles dejado los muebles afuera. Agradecido.

La visita

De afuera parecía un parque de diversiones. Nunca estuve en uno, pero estoy seguro de que deben ser así. Más grandes quizás, pero así de exuberantes. Hacía acordar al despilfarro de naturaleza los días después del big bang. Eran inagotables las formas de plástico y caño retorcidos. Enormes tubos -como piernas- bajaban agresivamente veinte metros de altura y encastraban en recipientes que sospeché vacíos. Otros, por su trayectoria horizontal más pareja y prolongada debían ser de traslación. Interna, de algún líquido pongamos. Muchas piezas en su superficie chorreaban el metal ahora seco de la soldadura. Había grandes cisternas que aboyados por el viento sugerían órganos del cuerpo. Distinguí un estómago perfecto. Y anillos intestinales que era difícil negar. Advertí después, que todas las estructuras se incrustaban en una especie de techo o caparazón. De chapa, seguramente en la que culminaban.

Aquel día -creo de otoño- bajé equivocadamente del colectivo. Por ignorancia o ansiedad, tal vez ambas, bajé en la parada anterior. A esa altura, bien podría haber sido la posterior. Eso lo supe después. Entonces, mi desconocimiento del lugar volvía ambas direcciones: igual de posibles, igual de ciertas. Caminaba apurado como si fuera hacia la primera clase de algo. He comprobado que lo único que se exige en una primera clase es puntualidad. Es el primer acuerdo. Y a veces, hasta una promesa cumplida. Habrá aprendizaje. Apuré aún más el paso. Me hubiera gustado correr.

Es cierto que su tamaño es lo que en un primer momento triunfaba en la percepción. Pero al rato, lo más llamativo y asombroso era el riesgo formal de esas arquitecturas. Su agresividad con el espacio. No sé me ocurre otra manera mejor de nombrarlo. El óxido, sin duda, también le daba un aire de época. Como si ese espacio estuviera fuera o al margen del tiempo. Como si hubiera pertenecido a una edad prehistórica. Pero de la que inexplicablemente tenemos recuerdo de haber visto alguna vez. Creo que lo que las mantenía vigentes era eso. La perseverancia en ese gesto de violencia. Y el tiempo evitaba con astucia el filo de sus lados.

Desde el colectivo, había visto cómo, paulatinamente, a medida que uno se alejaba del centro de la ciudad y se acercaba a la periferia, las cuadras iban abandonando la rigurosidad de su definición. A veces los cien metros se prolongaban en kilómetros. El recorrido del colectivo era poco original. Repetía con menos sinuosidad el trazado de la costa. A veces en algunas esquinas asomaba el mar. Es divertido pensar que había quienes vivían entre una calle y el mar. Viajábamos por aquella zona, donde la periodicidad de las calles que cortaban la principal, se volvía más caprichosa. Cuando toqué el timbre, para avisarle al conductor que bajaba en la próxima parada, éste detuvo inmediatamente el colectivo. Se abrió la puerta y descendí. No había ningún poste que indicara que había allí una parada.
En la entrada del lugar unas puertas de reja entorpecían el ingreso. Pasé con holgura por la panza de la curva entre dos rejas. Un tejido de alambre rodeaba todo el perímetro de la construcción. En inspecciones posteriores comprobé que en muchas partes el tejido estaba roto. Lo que le daba un carácter más ridículo a las rejas de la entrada. Creo que a otros este lugar les hubiera parecido obsoleto. Hasta innecesario. Es probable que tuvieran razón. El viaje y cierta prisa -no sé de qué- habían alojado en mi vientre la urgencia inconfundible de un pis. Por lo visto, su postergación con la caminata no había sido exitosa. Sentí agudas puntadas en la panza. Con precisión quirúrgica había pinzas que tironeaban de mi vejiga. Orinar era una actividad que sólo hacía en soledad. Por eso siempre evitaba la intemperie. Aclaro, por lo inabarcable. La inmensidad permite alojar miradas curiosas que se ocultan de la nuestra. Y la sospecha de una, alcanza para frustrar la soledad imprescindible. No dije que vivo con mi madre. En casa el baño al ser tan pequeño permite controlar la privacidad que reclama orinar. Hace un tiempo me di cuenta que si pongo la radio con el volumen bien fuerte antes de ir al baño, orinar me da más placer. Es curioso, pero es una práctica que conservo. Aún cuando mi madre no está.

No sé porqué al cruzar las rejas recordé el rostro del conductor. Después de lo que todos sabemos, el espacio de los chóferes había sido cercado por pequeños cubículos. En realidad, se trataba de dos planchas de vidrio grueso. Quizás blindado. Lo que daba la impresión de que estuvieran en una pecera. A mi madre le llamaban mucho la atención ese tipo de cosas. Esas que al separarse de lo público enseguida las rodea un aura espectacular. Como sucede con los escenarios, por ejemplo. Y es cierto, había teatralidad en esa especie de vidriera. Contaba que había algo de desorientación en la imagen que el espejo retrovisor, me había devuelto del chofer. Usé esa palabra, aunque no es la que mejor se ajusta al aire de su rostro. Confieso que revela más un límite personal que la justeza de la descripción. Como a esa altura del viaje era el único pasajero, al descender, dejaba el colectivo vacío. Creo que algo de eso conmovió al conductor. Y a pesar de que quizás hubiera querido ocultarlo, en su rostro era evidente. A eso me refería, con la palabra desorientación. Aunque ni él ni yo supiéramos nombrarlo, algo de viajar con el colectivo vacío lo volvía injustificado. A él, a su trabajo. Y todos los asientos del coche vacíos, volvían esta evidencia insoportable. Es decir que si había frenado de inmediato, lo había hecho por bronca. Mi decisión de descender, lo introducía en el viaje por delante, al dominio de lo injustificado. Había decidido por los dos. Sospeché que a modo de venganza, a la vuelta, cuando lo aguardara en la parada, no detendría la unidad. Afortunadamente me equivoqué.