A pesar de que podíamos vernos, había días en que preferíamos comunicarnos sólo a través del baño. El hábito quizás. No sé. Una vez que la bañera estaba llena, avisaba a Voz del Mar. Dejaba mi cuerpo sumergirse hasta el fondo, y luego, sin esfuerzo alguno, el agua me devolvía a la superficie. El agua de la canilla era tan salada que a nadie se le ocurría tomarla sin antes haberla hervido. Se sospechaba que las plantas potabilizadoras no estuvieran realmente trabajando. Que hicieran circular sin tratamiento el agua del mar. Para otros el problema era la edad de los caños y las instalaciones. Agravado por la ausencia de un mantenimiento mínimo. De modo que aún cuando el agua fuera potable, el óxido de los kilómetros de cañería la volvía intomable.
Es curioso, pero lo que para muchos era un problema diario, en mi caso resultaba una verdadera suerte. El agua permitía extender mis baños durante horas. Al flotar, la musculatura del agua evitaba que fuera yo el que hiciera el esfuerzo de mantenerme en superficie. Olvidaba, de este modo, los dolores y calambres que me producían el retorcimiento de mis piernas. Había días en que sólo el baño calmaba los retorcijones. Luego de mi primer baño prolongado, creí haber hallado la solución definitiva para los malestares. Pero al rato de secarme las tensiones volvieron igual o peor que antes. Decía que a pesar de ser vecinos, conservábamos con Voz del Mar nuestras charlas a través del baño. En realidad no eran del todo charlas. La mayor parte del tiempo, ella susurraba o cantaba en un idioma que era para mí -y para ella también- desconocido. Me limitaba a escucharla, y de a ratos me sumergía bajo el agua. Podía pasarse horas enteras cantando sin interrupciones. Después advertí que no comprender el idioma permitía que su canto no fuera agotador. Y hasta producía cierto alivio. No parecía haber muchas variaciones en su voz. Quizás por eso me llevó tiempo diferenciar las melodías y textos de un canto de otro. De su voz recuerdo que al cantar parecía que estuviera haciendo gárgaras. Daba la sensación de que hacía burbujas con la voz. No se me ocurre una manera mejor de decirlo. El primero de los cantos evidentemente tenía como objetivo el saludo. Podía ocupar la mañana entera con esta frase.
Es curioso, pero lo que para muchos era un problema diario, en mi caso resultaba una verdadera suerte. El agua permitía extender mis baños durante horas. Al flotar, la musculatura del agua evitaba que fuera yo el que hiciera el esfuerzo de mantenerme en superficie. Olvidaba, de este modo, los dolores y calambres que me producían el retorcimiento de mis piernas. Había días en que sólo el baño calmaba los retorcijones. Luego de mi primer baño prolongado, creí haber hallado la solución definitiva para los malestares. Pero al rato de secarme las tensiones volvieron igual o peor que antes. Decía que a pesar de ser vecinos, conservábamos con Voz del Mar nuestras charlas a través del baño. En realidad no eran del todo charlas. La mayor parte del tiempo, ella susurraba o cantaba en un idioma que era para mí -y para ella también- desconocido. Me limitaba a escucharla, y de a ratos me sumergía bajo el agua. Podía pasarse horas enteras cantando sin interrupciones. Después advertí que no comprender el idioma permitía que su canto no fuera agotador. Y hasta producía cierto alivio. No parecía haber muchas variaciones en su voz. Quizás por eso me llevó tiempo diferenciar las melodías y textos de un canto de otro. De su voz recuerdo que al cantar parecía que estuviera haciendo gárgaras. Daba la sensación de que hacía burbujas con la voz. No se me ocurre una manera mejor de decirlo. El primero de los cantos evidentemente tenía como objetivo el saludo. Podía ocupar la mañana entera con esta frase.
Dignare, Domine, die isto
sine peccato nos custodire.
Miserere nostri, Domine
miserer nostri.
sine peccato nos custodire.
Miserere nostri, Domine
miserer nostri.
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