Antes de visitar el parque, jamás había salido de casa. Todo lo que sabía de la calle era a través de mi madre. De sus relatos. Y como solía llegar cansada, tampoco podía exigirle más detalles de los que me ofrecía. Menos aún podía reclamar relatos de cosas que ella parecía no darle importancia. La realidad para mí estaba fragmentada. Era como si mi mundo prescindiera de pedazos de realidad. Es probable que el hábito de pensar colaboró para que sucediera. Mi visita al parque, digo. Exponer a que alguien ocupara para siempre nuestra casa. Y que mi madre y yo debiéramos recorrer la ciudad en busca de un nuevo asilo.
Un día se me presentó una idea espantosa. Sigo creyendo que la lucidez es algo que se padece. La idea que tuve articulaba dos cosas que jamás había creído cómplices. Que yo no saliera de casa, se debía a la vergüenza que sentía mi madre, ante los ojos de los demás, de mi condición. Tranquilamente podría haber dicho que yo había muerto. Y es cierto, no hay modo mejor de matar a alguien, que mantenerlo oculto de los demás con su propio consentimiento. El plan de mi madre era perfecto.
Un día se me presentó una idea espantosa. Sigo creyendo que la lucidez es algo que se padece. La idea que tuve articulaba dos cosas que jamás había creído cómplices. Que yo no saliera de casa, se debía a la vergüenza que sentía mi madre, ante los ojos de los demás, de mi condición. Tranquilamente podría haber dicho que yo había muerto. Y es cierto, no hay modo mejor de matar a alguien, que mantenerlo oculto de los demás con su propio consentimiento. El plan de mi madre era perfecto.
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