Mi madre

En esa época, las horas que pasaba mi madre en casa eran cada vez menos. Y eso, no implicaba necesariamente más trabajo. Recuerdo que al principio podía trabajar puertas adentro. Pero, después de lo que todos sabemos, la gente decidió no abandonar sus casas. De a poco las visitas de los clientes fijos comenzaron a menguar su asiduidad. Demasiado riego, decían para consolar a mi madre. Hasta entonces ser atendidos por mi madre también había sido riesgoso. Por las enfermedades, lógico, y por lo que se puede llegar a enterar. Y es indudable que esa cuota de peligrosidad era constitutiva de esa experiencia de placer. Pero después el riesgo dejó de ser algo calculable. O al menos, sus límites habían dejado de ser claros. Y ellos no se querían exponer. Por eso mi madre resolvió ofrecer sus servicios a domicilio. Si el trabajo no toca la puerta de tu casa, deberás salir a buscarlo. O algo así.

Por el mismo motivo que mi madre debía irse de casa, yo debía quedarme. En esa época, se decía que había quienes aprovechaban las horas de jornada laboral, para ocupar las casas. Al regresar, se encontraban con que su llave, había olvidado cómo abrir la puerta. Si tenían suerte los usurpadores habían dejado las pertenencias del otro lado de la puerta. Lo que volvía menos tolerable la injusticia indiscutible de la acción. Ese gesto de generosidad negaba la atrocidad. O al menos introducía ambigüedad donde no era admisible.
A veces cuando mi madre regresaba a casa, a pesar de su cansancio intercambiábamos algunas palabras. Durante la cena me contaba quiénes habían sido desalojados. Desconocía los apellidos de las familias que nombraba, pero me gustaba oírla hablar. Al principio se vieron encarnizadas peleas en todas las cuadras. Hubo muertes de las que nadie se sintió culpable. Sobre sangre seca, se derramó sangre fresca. La mayoría recordó que era capaz de matar. Y no sólo estaba dispuesto a hacerlo, sino que después de haberlo hecho, guardaban cierta fascinación con el nuevo chiche que era para algunos matar. Pero al cabo de un tiempo la violencia disminuyó notablemente. Creo que no somos un pueblo lo suficientemente sanguinario. Cuando nuestra casa vecina fue ocupada, por ejemplo, oí que sus dueños le agradecían a los usurpadores haberles dejado los muebles afuera. Agradecido.

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