Permutar


De mis viajes en colectivo comprobé algo curioso. Supongo por la frecuencia. Hubo semanas que no pude dejar de ir un sólo día. Acostumbraba sentarme en la última fila de asientos contra la ventanilla. Desde allí podía observar al resto de la gente. Madres con niños envueltos en toallas ensangrentadas. Hombres de traje gastado en partes atípicas. Al costado de las solapas, por ejemplo. Durante el trayecto, la mayoría aprovechaba para intercambiar cosas. Una modalidad que se había generalizado, era exhibir sobre la falda los objetos propios. Quienes subían al colectivo, antes de sentarse lo recorrían de una punta a la otra. Lamparitas, pilas, radios, cigarrillos importados, rollos de papel higiénico, dentífricos, saquitos de té.

Había otros que anotaban en una plancha de cartón objetos que querían vender, pero resultaba imposible trasladar. Heladeras, garrafas, hornos, muebles. No sólo en el colectivo sino también en la calle, había quienes llevaban un cartelito colgando. Arreglo plomería, abogado, reparación de calzado. En esa época, los cerrajeros eran los más solicitados. Llevaban colgando una llave de tamaño exageradamente grande para distinguirse.

Una vez se sentó a mi lado un señor con un cartel que decía: escribo. Y debajo: cartas de amor, cartas documento y traducciones. Del cartón también colgaba una birome. Durante el viaje se le acercó un hombre de baja estatura. Sacó del bolsillo del pantalón un sobre y le pidió si se lo podía leer. A cambio le ofreció una hermosa afeitadora con un juego de hojas de afeitar nuevas. Aceptó. Dentro del sobre había una hoja con una sola oración escrita. No alcancé a leer qué decía. El señor explicó que era un telegrama de despido. Lo firmaba una empresa de nombre extraño. Luego de haberlo escuchado el petiso guardó el sobre en el bolsillo y se sentó unos asientos más adelante.

Al cabo de un rato, otro hombre, éste más joven, se acercó al señor. Le pidió una carta para su enamorada a cambio de cuatro pilas grandes. El escritor rechazó la oferta. Explicó que sólo aceptaría si le conseguía papel. No era fácil conseguir y quizás tuviera que utilizar alguna hoja de borrador. Para que accediera, el joven ofreció entregarle también la linterna donde llevaba las pilas. Sobre un portafolio de cuero, el escritor apoyó una tabla de madera fina. Con la birome que llevaba colgando anotó el nombre de la enamorada. Creo que el escritor suponía que la carta le iba a ser dictada por el joven. Se equivocó.

El muchacho se limitó a contarle los pormenores de la relación. Reclamaba perdón por una infidelidad que había cometido. Se acusaba de estúpido, y un montón de otras palabras que el escritor evitó utilizar. Juraba no sentir nada por esa persona, que si no entendí mal era amiga de su enamorada. Lo que seguía después, era una interminable lista de promesas. Mejorar el trato. Un apartamento para los dos. Conseguir un mejor empleo. Y cuando tuviera suficiente dinero, un viaje. A mí no logró convencerme. Terminado su relato, el escritor extrajo de su portafolio dos libros. Los consultó mientras escribía. Leyó en voz alta oraciones que le maravillaban. De los libros y de las que él escribía también. Eran hermosas. Tenían olor. No se me ocurre una manera mejor de decirlo.

Por razones de seguridad pocos lo hacían. Llevar un cartel con la dirección y características de la casa que deseaba permutar. Al principio funcionó bien. Pero luego, muchos aprovecharon la situación para directamente usurparlas.
-el ruido del motor, se le enganchaba al ruido de su cabeza y lo calmaba
-podía con los ojos cerrados saber por dónde iban, así recordaba el recorrido. no había ninguna indicación
Un día regresé demasiado cargado de piezas de sal. Me había entusiasmado con la tarea y ni siquiera caminé por la costanera. Puse algunas piezas sobre mi falda. Curiosamente dos personas se acercaron para comprármelas. Nada de lo que ofrecían iba a poder ocultárselo a la vista de mi madre. Resolví cambiárselos por boletos de colectivo. De ese modo me aseguraba el viaje del día siguiente.

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