Una broma

En el apartamento casi no hay otros libros que agendas y guías telefónicas viejas. Digo casi, porque en la habitación de mi madre una vez encontré un ejemplar que leí infinidad de veces. Lo debe haber comprado o le fue obsequiado en la época que iba a un curso de teatro. No duró mucho, pero recuerdo que jamás la volví a ver tan entusiasmada. Pasaba mucho rato frente al espejo del baño. Hacía gestos exagerados con el rostro. Extendía los labios para formar un pico. Y con los brazos quebrados batía las alas. Asustaba verla por la mirilla de la cerradura. En esa época solía obstruirla con un trozo de papel higiénico que era sencillo quitar. Una vez al salir del baño me preguntó si parecía una gaviota. Eso, si parecía una gaviota. Una idiota, la corregí. Pasaron varios días hasta que apareció de nuevo por el apartamento. Digo esto porque en ese libro había una obra de teatro que llevaba ese nombre. Al final del libro, había un cuento que no podía dejar de leer. Era corto, en una época lo sabía de memoria. La historia era así. Un hombre le ofrecía a una mujer arrojarse con el trineo desde lo alto de una colina. A pesar del terror del viajecito, ella termina accediendo. Durante la peligrosa bajada el hombre dice a media voz que la ama. Pero luego jamás vuelve a pronunciar esas palabras. De modo que ella no sabe si en realidad fueron dichas por él o por el viento. Le pedirá volver a arrojarse una y otra vez, para alcanzar a distinguir al dueño de esas palabras. Durante la bajada él siempre repite la frase. Ella fracasará una y otra vez. Se termina casando con un hombre de negocios; y él, solo y pobre, se pregunta porqué hacía esa broma. El misterio sigue siendo misterio, dice en alguna parte. Jamás comprendí La Gaviota. Y en realidad, tampoco este cuento.

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