Durante la etapa de crecimiento, mi cuerpo se dio demasiadas libertades. Creo que nada produce tanta satisfacción en este mundo, como cuando aquel cuerpo adulto que deseábamos de hermanos, primos, incluso el de nuestros padres, se empieza a desarrollar en el nuestro. Uno siente en carne propia el trabajo de la especie. Las zapatillas chicas son una victoria irrefutable. Tener que comprar o conseguir ropa prestada de adultos es una confirmación de un proceso que no queremos que se detenga jamás.
Hubo un momento en el que yo sí quise que se detuviera. Pero del mismo modo en que el cambio había comenzado sin avisarme, luego tampoco iba a consultar su detención. Al principio, mi cuerpo aumentó en tamaño y peso correctamente. Veía en la mirada tanto de mi madre como sus amigas, que mis músculos se moldeaban a la forma de los hombres. Mi ignorancia acerca de ello les permitía conservar la licencia de acariciarme. De mis brazos y pecho aparecieron músculos que jamás había sospechado. Hasta mis piernas tenían entonces un tamaño y aspecto absolutamente normal. Un poco chuecas, es cierto. Esto es algo que mi madre se reprochará siempre. No haber intervenido a tiempo. Creo que si no lo hizo, fue justamente porque nada sugería otra cosa que permitiera sospechar algún tipo de deformidad física.
Progresivamente mis pies fueron abandonando la paralela que es normal que formen. El ángulo de la cuña de ambos pies era cada vez más notorio. Desde un punto de vista geométrico, que fue el que eligió un médico para explicarle a mi madre, el avance se agudizaba. Lo que sucedía podía describirse como la tendencia de los ángulos a devenir más agudos. Nunca pensé que mis pies pudieran llegar a torcerse de modo que se tocaran las puntas. Para que ello fuera posible, mis piernas habían colaborado. Es decir, habían girado a la altura de la cadera para quedar literalmente enfrentadas.
Las técnicas que ofertaban los médicos se mostraron todas inoperantes. Mi caso, así nombraban los uniformes blancos el tema de mis piernas, no tenía solución. Visitamos muchos, de nuestra ciudad y de otras. Médico al que llegábamos, se entusiasmaba con el fracaso de sus colegas ante mi desgracia. Cuando perdía la esperanza, y no tardaba en suceder, preferían tenerme lo más lejos posible. Me derivaban. Y así estuvimos con mi madre, derivando hasta que nuestro dinero se secó por completo. Nuestras lágrimas también habían secado. Comprobamos que los médicos para conservar su orgullo y prestigio pierden rápido la esperanza. Y que nosotros no podíamos darnos el lujo de perderla.
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