Abandono

Era inevitable no reirme al ver los maquillajes de mi madre en el labatorio del baño. Quizás porque fue la única vez que me golpeó en serio. Golpear, en realidad nos golpeamos los dos. Pero la única que golpeó fue ella. Se lastimó con sus propios golpes. Y si a mí me lastimó tanto, fue porque no sabía pegar. Ya en la escuela había comprobado que las mujeres desconocen sus fuerzas. Cuando las utilizan suelen hacerlo exageradamente. Recién después de golpear, advierten lo desmedido del golpe. Con mi madre fue parecido.
Esto viene a cuento de que mi madre tenía dos versiones de sí misma. O mejor, dos maneras de relacionarse con el abandono que era. Antes de salir a trabajar, su rostro daba miedo. Lleno de marcas. Y no eran todas arrugas. Era demasiado joven para tener tantas. La piel de su cara tenía un desgaste parecido a las manos de quienes utilizan demasiado detergente. Su desgaste era más químico que físico. Yo no sé si es generalizable. Pero supongamos el color fosforescente de los productos de limpieza. Viéndolos es imposible imaginar de donde porvienen. En cambio, viendo una cuchara, se puede rastrear la pieza de metal que debe haber sido. Y yendo más atrás, imaginar el trozo de piedra que aguardaba ser detonado en una mina. El deterioro del cuerpo de mi madre, sería para mí inexplicable. La caída de sus párpados, por ejemplo. Se dio de un día para el otro. No hubo indicios. Al menos para mí, que la veo casi todos los días. Instalaron definitivamente en su cara un aire de cansancio y sueño atrasado. A la mañana, podía llegar a levantarse con la frente o los cachetes hinchados. Como si fuera una respuesta a algún daño que hubieran sufrido el día anterior. A partir de dormir con los almohadones con pedazos de sal escondida, advertí que la sal disipa inflamaciones. Durante el día podía tener tres o cuatro caídas. SI me agarraban desprevenido, el desparramo se aseguraba algún moretón. Colocaba por la noche una pila de almohadones sobre la zona, y al día siguiente podía caerme sobre el mismo lugar. Digo esto, porque a pesar de rechazarlo mi madre no pudo negar los efectos sanadores de los cojines. Ayudaba a atarle dos almohadones pequeños. Uno de cada lado de la cara.
Llegado el momento de partir se los quitaba. Frente al espejo del baño, pasaba al menos media hora. Se colocaba una serie de capas de maquillaje. La podía espiar porque olvidaba cerrar bien la puerta del baño. También la he visto orinar. Lo último que hacía era pintarse los labios. Y corregir el rouge frotándose un labio con el otro. Al salir del baño, uno hubiera pensado que era otra persona. La palabra arreglada, a ella, le cabía perfecto. Había borrado toda huella de abandono. La belleza que resplandecía en su rostro había atravesado esa desolación. Era producto del maquillaje. Por supuesto que mi madre era bella. Pero después de lo que todos sabemos, es como si esa belleza se le hubiera despejado de la cara. Y el día soleado que era entonces su rostro, tenía más de cruel desierto que de vacacional playa. Cuando me besaba antes de irse, si recordaba hacerlo, sentía el pegote de sus cachetes. Se empastaban con los míos. Aún si los apoyaba delicadamente.
Un día, aburrido, comencé a destapar los pequeños estuches que guardaban esos polvos. Los colores oscilaban entre el beige y el marrón. Para la parte izquierda de mi cara, utilicé los más claros. Para la otra los oscuros. Mi cara me comprendía tanto a mí, como a mi hermano negro. No logré que el rouge se ajustara sólo a mis labios. Los errores en la parte superior e inferior, me otorgaban un aspecto payasesco. Se me ocurrió también pintarme lso párpados. Si cerraba uno, con el otro podía ver el extraño efecto que le daba el rojo. No sé porqué, supongo que por el entusiasmo de verme maquillado por primera vez, que no dudé en probarme la ropa de mi madre. Me costó enorme trabajo colocarme una pollera. Era demasiado pequeña, pero era la que mejor me quedaba. Olvidé ponerme corpiño. Por eso quizás la remera me quedaba algo holgada en la parte superior. Los tacos fue casi imposible. Si bien colaboraba que los zapatos me quedaran chicos, tanta altura en los talones me desequilibraba demasiado. Resolví cortarles dos centímetros de cada lado. Fue la solución perfecta.
Creo que jamás vi a mi madre tan sorprendida. Horrorizada. Gritó algún insulto. Me reí. No insultaba bien. Esto la enfureció. Se quitó un zapato, y al ver que escapaba hacia mi habitación me lo revoleó por la cabeza. Su falta de puntería acertó en un adorno de cristal que se rompió al caer al piso. Más enfurecida aún corrió a mi habitación. Me encontró cubierto de almohadones para amortiguar los golpes. Con el primer golpe arrasó mi endeble trinchera. El siguiente fracturó mi nariz. Fue entre una cachetada y una piña. Lo desparejo del golpe fue lo que permitió que un anillo trozara el débil hueso. Después del tortazo, mi madre también gritó del dolor. En pocos instantes, su mano se le había hinchado como si le hubiera picado una abeja. La inflamación no le permitía quitarse lso anillos. Supongo que a eso se debía tanto dolor. De modo similar, la sangre que no dejaba de salir de mi nariz no me permitía localizar el dolor. Me deseperaba menos que dolerme. Perdí tanta sangre, que sospecho por eso desmayé. Recuerdo que antes de caer en ese sueño profundo, vi a mi madre envolverme la cabeza con una toalla. Supuse que me iba a ahorcar. Afortunadamente me equivoqué.

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