Lo que me sorprendió no fue ver la orilla adornada con los restos de tormenta del día anterior. A lo largo de la costa, se amontonaban como piezas de un museo itinerante, chapas sueltas, partes de coches, camas de hierro, troncos de árboles. Las intensas lluvias provocaban inundaciones que arrasaban fácilmente con las precarias construcciones de la costa. Por eso, entre los objetos que descanban en la arena solía haber de los más insólitos. Electrodomésticos, platos ajados, medias recién lavadas, mamelucos inflados con objetos en su interior. Una vez encontré un álbum de fotos, que dejé secar al sol. Recién pude hojearlo por la tarde.
Recuerdo que en ninguna de las fotografías había personas. Casi todas ellas tenían un fondo oscuro y en el centro o en alguna de sus esquinas, había un estallido controlado de luz. Era un brillo intenso de colores fosforescentes concentrado en una forma sin geometría, pero perfectamente ajustada a sus contornos. Costaba advertir si esa luminosidad se desprendía del objeto que aparecía en la imagen, o si en realidad era el simple reflejo de otro que no estaba contenido en ella. Comprobé que el fondo no era negro, o al menos no del todo. Se trataba más bien una gama compleja de azules. Los matices daban una sensación de profundidad. Incierta digamos, porque no había ningún indicio de horizonte. Lo que me hizo sospechar que entre esos matices podía haber kilómetros de distancia. Como cuando se intenta adivinar el fondo del mar. La oscuridad que suponemos debe ser el fondo, nos devuelce la limitación de nuestra propia percepción. Es evidente que en esa oscuridad comienza una más porfunda. Creo que otro hubiera pensado que estas fotos no eran más que copias malas. Reveladas por algún inexperto, o producto de algún desperfecto en la máquinas que revelan en apenas una hora las placas. Y hasta sería lógico pensarlo.
Lo que volvía esta hipótesis poco probable, era que las fotos estuvieran reunidas en un álbum. Quiero decir, alguien había no sólo quitado esas fotos, sino que también las había dispuesto en una serie para que fueran vistas en ese orden. Y si bien evidentemente faltaban varias páginas y parecían reveladas por la mar misma, las que se habían conservado permitían reconstruir cierto hilo. Era una lástima que las páginas no tuvieran numeración. Al igual que lo que sucedía con la gama de azules y la profundidad, en el álbum el salto de páginas era comprobable aunque impreciso.
Recién pude comprender algo de las fotos, cuando advertí que lo que se repetía en todas ellas era la plantilla iridescente. Su forma tan irregular hacía pensar que cada foto retrataba un objeto distinto. No había en sus lados donde apoyar un ángulo que permitiera asir su volumen. Más difícil que agarrar agua con la mano. Y el fondo azul más que colaborar, complicaba su visión. Lo que me llevo a pensar que las imagenes no podían ser vistas. Quiero decir, por los ojos. Porque aún no eran imágenes. Mostraban el haz de luz que había vulnerado la pupila. Lo que sucedía detrás de los ojos. Sus elementos aún no habían sido distribuidos en el plano. Y sin embargo, es con esa herida que se formaría luego la imagen. No era las fotografías recognoscibles que salen del ojo, sino la cicatriz de la que provienen. Era un punto ciego. Las fotos mostraban lo que el ojo es incapaz de ver, y al mismo tiempo lo que le permite hacerlo. Eso me llevó a pensar que en cualquiera de esas fotos, estaba contenida no sólo el resto de las fotos del álbum, sino todas las imagenes posibles. En ese punto sucedía una detrás y sobre otra. La serie mostraba eso. El movimiento incesante y autosuficiente del punto luminoso. No representaba más que a sí mismo, y lo hacía infinitamente. Recuerdo que una tarde llevé el álbum de fotos al apartamento de Voz del Mar. Pareció no interesarle, ni las fotos ni mis explicaciones.
Recuerdo que en ninguna de las fotografías había personas. Casi todas ellas tenían un fondo oscuro y en el centro o en alguna de sus esquinas, había un estallido controlado de luz. Era un brillo intenso de colores fosforescentes concentrado en una forma sin geometría, pero perfectamente ajustada a sus contornos. Costaba advertir si esa luminosidad se desprendía del objeto que aparecía en la imagen, o si en realidad era el simple reflejo de otro que no estaba contenido en ella. Comprobé que el fondo no era negro, o al menos no del todo. Se trataba más bien una gama compleja de azules. Los matices daban una sensación de profundidad. Incierta digamos, porque no había ningún indicio de horizonte. Lo que me hizo sospechar que entre esos matices podía haber kilómetros de distancia. Como cuando se intenta adivinar el fondo del mar. La oscuridad que suponemos debe ser el fondo, nos devuelce la limitación de nuestra propia percepción. Es evidente que en esa oscuridad comienza una más porfunda. Creo que otro hubiera pensado que estas fotos no eran más que copias malas. Reveladas por algún inexperto, o producto de algún desperfecto en la máquinas que revelan en apenas una hora las placas. Y hasta sería lógico pensarlo.
Lo que volvía esta hipótesis poco probable, era que las fotos estuvieran reunidas en un álbum. Quiero decir, alguien había no sólo quitado esas fotos, sino que también las había dispuesto en una serie para que fueran vistas en ese orden. Y si bien evidentemente faltaban varias páginas y parecían reveladas por la mar misma, las que se habían conservado permitían reconstruir cierto hilo. Era una lástima que las páginas no tuvieran numeración. Al igual que lo que sucedía con la gama de azules y la profundidad, en el álbum el salto de páginas era comprobable aunque impreciso.
Recién pude comprender algo de las fotos, cuando advertí que lo que se repetía en todas ellas era la plantilla iridescente. Su forma tan irregular hacía pensar que cada foto retrataba un objeto distinto. No había en sus lados donde apoyar un ángulo que permitiera asir su volumen. Más difícil que agarrar agua con la mano. Y el fondo azul más que colaborar, complicaba su visión. Lo que me llevo a pensar que las imagenes no podían ser vistas. Quiero decir, por los ojos. Porque aún no eran imágenes. Mostraban el haz de luz que había vulnerado la pupila. Lo que sucedía detrás de los ojos. Sus elementos aún no habían sido distribuidos en el plano. Y sin embargo, es con esa herida que se formaría luego la imagen. No era las fotografías recognoscibles que salen del ojo, sino la cicatriz de la que provienen. Era un punto ciego. Las fotos mostraban lo que el ojo es incapaz de ver, y al mismo tiempo lo que le permite hacerlo. Eso me llevó a pensar que en cualquiera de esas fotos, estaba contenida no sólo el resto de las fotos del álbum, sino todas las imagenes posibles. En ese punto sucedía una detrás y sobre otra. La serie mostraba eso. El movimiento incesante y autosuficiente del punto luminoso. No representaba más que a sí mismo, y lo hacía infinitamente. Recuerdo que una tarde llevé el álbum de fotos al apartamento de Voz del Mar. Pareció no interesarle, ni las fotos ni mis explicaciones.
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