A mi madre o la desesperación que era ella entonces, se le ocurrieron una serie de técnicas caseras. Eran diferentes y los elementos involucrados variaban, pero estaban alentadas por la misma idea. La hipótesis era que si mis piernas se retorcían para el mismo lado, la fuerza que operaba sobre ellas era la misma. Entonces lo que se debía hacer, era operar sobre esa fuerza pero en sentido contario. Usó un trapo de piso para representarlo. Los procedimientos parecían más métodos de tortura que de sanación. Rompió muchos de sus cinturones para armar una especie de manijas. Probó atarme con cuerdas durante horas. Había conseguido unas argollas que colocó en paredes distintas para sujetarme. Cada implemento podía prolongarse hasta una semana, sin contar los intervalos de descanso. Que en general coincidían con los momentos para comer.
Ante el fracaso de sus técnicas, mi madre comenzó a subjetivar mi problema. Me pedía una colaboración que era imposible. La fuerza que retorcía mis piernas no parecía provenir de mi cuerpo. Y sin embargo ella comenzó a dudar si yo tenía verdaderas ganas de curarme. Llegó a afirmar que el retorcimiento era producto de cierto empecinamiento mío. Sus hipótesis psicológicas tampoco permitían aclarar nada. Ni yo pretendía no caminar para estar siempre cerca suyo. Ni tampoco había elegido a mi padre. Escucharla decir eso, no podía dejar de resultarme a mí y a ella, patético. Pero creo que era el modo de arreglárselas con su decepción. Sé que mucho tiempo me odió. Y sé también que si yo comencé a participar en el fracaso de sus métodos, fue para repartir la responsabilidad de la tristeza. Ella corroboraba sus tontas hipótesis, y yo la veía más tiempo del día feliz. Entendí que las prendas de adultez con que el desarrollo viste a los niños, son desparejas. En mi caso, hasta injustas.
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