Mi modo de caminar, debido al problema de mis piernas, era bastante particular. En pocas palabras, camino de costado. Lateral, como los jugadores de tenis. Como mis piernas están enfrentadas debo hacerlo así. Al principio solía auxiliarme tomándome de las paredes. Advertí que el problema de ese modo humillante de reptar, no era una dificultad de mis piernas. Sino de mi equilibrio. Creo que la gente que camina hacia adelante, tiene un pésimo equilibrio. Por eso encuentran asombroso algo tan fácil como caminar por una cuerda en el aire. Comencé a dominar el balanceo de mi cuerpo. Era el único modo de independizarme de apoyos externos. Entendí lo extraño que resulta la constitución física de nuestro cuerpo. Puesto que en posición vertical, los pies son el único punto de apoyo de todo el cuerpo. Y su superficie comparada con el resto del cuerpo es mínimo. Para que nuestra especie conserve la verticalidad que la distingue del resto, sacrificamos el útil apoyo de nuestras manos.
Practiqué el equilibrio con muchos elementos. La mayoría de ellos eran los que mi madre había utilizado para intentar corregir mis piernas. Con las sogas, por ejemplo, ejercitaba atravesar el espacio entre una pared y otra. Hubo un tiempo, que pese al enojo de mi madre, instalé un recorrido de cuerdas que me permitían andar por toda la casa sin apenas acariciar una pared. Estuve tan orgulloso de eso. Del invento y bueno, de mis posibilidades físicas.
Mentiría si digo que fue culpa de mi actividad con las sogas. Pero la transformación en mis manos fue contemporáneo a esos ejercicios. Para sujetarme debía hacer mucha fuerza con los brazos y manos, pero sobretodo los dedos. Sin ellos la fuerza del resto de mi cuerpo no tenía donde aferrarse. De modo que lod dedos de mi mano comenzaron a atrofiarse. Excepto el pulgar, los demás dedos se habían endurecido de modo tal que no lograba separarlos. Tampoco podía auxiliarme con la otra mano, pues sufría el mismo proceso. Quizás debí haber pensado algún modo de intervenir la unión de mis dedos. Y no hubiera sido tan difícil. Unas tablitas entre cada dedo, por ejemplo. Supongo que mi preocupación por caminar sin ayuda, despejaba del horizonte ese tipo de posibilidades. Al poco tiempo, mi mano, más que una mano, parecía una pinza. Era capaz de romper una nuez con sólo apretarla. Del horno colgaba una suerte de manopla que utilizaba para no quemarme. En mi mano calzaba perfecta. Pedí a mi madre si podía comprarme la que se fabrica para los zurdos. Quería completar el par. Un día juró que le fue imposible conseguirla. Advertí que, en realidad, para la mano izquierda podía utilizar el mismo guante pero dado vuelta. Sin embargo, ya no me atreví a pedirle a mi madre.
Mentiría si digo que fue culpa de mi actividad con las sogas. Pero la transformación en mis manos fue contemporáneo a esos ejercicios. Para sujetarme debía hacer mucha fuerza con los brazos y manos, pero sobretodo los dedos. Sin ellos la fuerza del resto de mi cuerpo no tenía donde aferrarse. De modo que lod dedos de mi mano comenzaron a atrofiarse. Excepto el pulgar, los demás dedos se habían endurecido de modo tal que no lograba separarlos. Tampoco podía auxiliarme con la otra mano, pues sufría el mismo proceso. Quizás debí haber pensado algún modo de intervenir la unión de mis dedos. Y no hubiera sido tan difícil. Unas tablitas entre cada dedo, por ejemplo. Supongo que mi preocupación por caminar sin ayuda, despejaba del horizonte ese tipo de posibilidades. Al poco tiempo, mi mano, más que una mano, parecía una pinza. Era capaz de romper una nuez con sólo apretarla. Del horno colgaba una suerte de manopla que utilizaba para no quemarme. En mi mano calzaba perfecta. Pedí a mi madre si podía comprarme la que se fabrica para los zurdos. Quería completar el par. Un día juró que le fue imposible conseguirla. Advertí que, en realidad, para la mano izquierda podía utilizar el mismo guante pero dado vuelta. Sin embargo, ya no me atreví a pedirle a mi madre.
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