Supongo que por pasar tantas horas dentro de casa, adquirí el hábito de pensar. Es decir, la actividad inmóvil de volver una y otra vez sobre lo que pienso. Temo aburrirme y a veces mi única actividad durante el día es ésa, pensar. Es extraño, pero cansa. A veces más que tener que hacer mandados una mañana entera. Hubo una época, cuando la única preocupación eran las usurpaciones, en la que mi madre me sugirió que hablara si escuchaba algún ruido en la puerta. Y en varias oportunidades pasó. Pisadas que se detenían frente a nuestra casa. Y se quedaban allí unos instantes sin llamar a la puerta ni hablar. Entonces comenzaba una charla. Debía hacerlo por mí y por alguien más. Hablar conmigo mismo pero con voces distintas. Creo que la segunda voz no era precisamente creativa. Su ocurrencia fue tan espontánea. Por evitar un estornudo me tapé la nariz y continué hablando. Mi voz se volvió más apagada y por supuesto más nasal. De modo que sugería que alguien hablaba desde el fondo de la casa. Y que esa voz resfriada pertenecía a una persona mayor.
Con la práctica fui perfeccionando tanto la fluidez de los cambios de voz como el contenido de los diálogos. Me dio confianza advertir que mi técnica disipaba las intenciones de los ocupas. Es más, un día me atreví a representar una escena. Había algo en disputa, no recuerdo bien qué. La cuestión es que después de gritarse un rato, una de las voces quebraba en llanto. La otra seguía con los alaridos. Así fue que mi madre, que estaba del otro lado de la puerta y no encontraba la llave se quedó escuchando hasta el final. Cuando entró, me debe haber visto con el rostro empapado en lágrimas. Y en mi boca, aún hablando la voz que había gritado pidiéndome disculpas. Mi madre dijo que ya no era necesario, lo de simular que hubiera más gente. Y me prohibió en adelante ese ejercicio. Lo que no implica que haya dejado de hacerlo adentro de mi cabeza. Pensar se parece mucho a eso.
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