El sueño que tuve del cangrejo, me sugirió algo que luego comprobé. Los tubos y cisternas conservaban marcas a lo largo de su superficie. Eran la escritura de las crecidas de agua. Dicen que hay árboles que registran el paso de las años formando arandelas en su tallo. Al parecer, el agua había crecido allí por lo menos metro y medio. Seguramente eso había aconsejado abandonar el lugar a quienes antes lo ocupaban. Mi sorpresa fue advertir que en algunos tubos había aún hilitos de agua. Supuse primero que con el mar tan próximo, debía ser agua de la rompiente de las olas. Pero por la distancia era casi imposible. Supuse entonces la lluvia. Pero hacía días no llovía. Para sacarme la duda probé una gota. Resultó saladísima. Como comer un grano de sal grusa.
La superficie de todas las estructuras estaba cubierta por una capa de dos a tres centímetros de sal. Raspé un poco y se descascaraban planchas de sal enteras con gran facilidad. Vino a mi mente una palabra. Genrosidad. Guardé algunos pedazos en los bolsillos del panalón. Al regresar a casa escondí los trofeos debajo de mi cama. Advertí que no era un buen lugar. No porque en la limpieza mi madre pudiera descubrirlos. Yo era el encargado de mantener el lugar limpio. Mi madre para aprovechar los metros de nuestro pequeño apartamento, guardaba ropa y cosas suyas debajo de mi cama. Era casi imposible que no confundiera los pedazos de sal con algún par de zapatos. Decidí colocarlos dentro de los almohadones que se habían comprado durante el tratamiento. En aquella época, los médicos aconsejaron que durmiera con ambas piernas sobre almohadones. Pasaba las noches con las piernas casi verticales de la inclinación. Si alguien me hubiera visto en la penumbra, hubiera visto una media res vacuna colgada del techo de la habitación.
Para las siguientes visitas, me agencié de una bolsa de mercado que encontré en la cocina. Era rayada y combinaba tres colores. Verde, rojo y amarillo. No sé si se corresponden con la bandera de algún país. Allí podía traer muchos más trozos de sal. Sin embargo, había algunos que eran tan grandes que debía dejar en el suelo. Un desperdicio. Últimamente, he perdido un poco el entusiasmo. Nuestro apartamento es chico, y los lugares para ocultarlos ya excedían mi imaginación. No quedaba colchón, cajón profundo o placard en desuso que no atesorara las estalagtitas blancas. Hace unos días, sucedió algo curioso. Uno de los pedazos que se desprendió de un caño tenía la forma perfecta de una mano. Si no la rompí para que ocupara menos lugar en el bolso, fue porque eso mismo. No exagero si digo que sujetando la plancha de sal sentí que me estaba dando la mano. Nos dimos un saludo frío. No nos conocíamos. La guardé en el bolso y esa misma noche la dejé sobre mi mesa de luz. No me importó que mi madre lo advirtiera. Por otra parte hacía tiempo que había de dejado de darme las buenas noches. Volvía tan tarde que si no venía a saludarme a la cama, era para ocultar que había llegado al amanecer. Es más, hubo un tiempo en que dudé si no me había abandonado. Pasaron varios días en que registré su cama intacta. Y el olor de su cuerpo, que parecía el de muchos hombres juntos, casi se había extinguido en el apartamento. Hasta que un día llegó a la hora de la cena con una sorpresa. Un pollo al espiedo con papas.
Decía que, a pesar del peligro que implicaba que fuera descubierta, la mano se había instalado en la mesa de luz. Recuerdo que no pasó mucho tiempo en que de noche, sabiendo que mi madre no había llegado aún, comencé a frotármela por el cuerpo. Primero distruibuía el frío por el pecho. Enseguida cobraba temperatura. La de mi cuerpo, lógicamente. Advertí que con los grados también ganaba en humanidad. Luego la descendía a mis genitales. Solía darle unas suaves palmadas a mi miembro. Lo hacía con cariño y firmeza. A medida que comenzaba a irrigarse de sangre la zona, ayudaba con la mano de sal a que mi miembro se incorporara. Lo hacía lento pero sostenido. Una vez que convencía su verticalidad, repetía mecánicamente un movimiento ascendente y descendente. Era importante sobretodo mantener cierto ritmo. Comprobé con asombro, que la mano ortopédica, era más diestra para esto, que mi propia mano. La superficie de mi miembro solía humedecerse. De modo que al mojar la mano de sal, ésta desprendía pequeños granitos. El ardor que me producía era exquisito. Introducía una inyección de placer inmediata, como cuando te pellizcan. Esto aceleraba mi pulso cardíaco y excitación. Era casi imposible prolongar el movimiento frenético o al menos demorar el caudaloso derrame de mis sustancias. La mano de sal era mucho más fácil de lavar que la parte inferior de mi abdomen.
La superficie de todas las estructuras estaba cubierta por una capa de dos a tres centímetros de sal. Raspé un poco y se descascaraban planchas de sal enteras con gran facilidad. Vino a mi mente una palabra. Genrosidad. Guardé algunos pedazos en los bolsillos del panalón. Al regresar a casa escondí los trofeos debajo de mi cama. Advertí que no era un buen lugar. No porque en la limpieza mi madre pudiera descubrirlos. Yo era el encargado de mantener el lugar limpio. Mi madre para aprovechar los metros de nuestro pequeño apartamento, guardaba ropa y cosas suyas debajo de mi cama. Era casi imposible que no confundiera los pedazos de sal con algún par de zapatos. Decidí colocarlos dentro de los almohadones que se habían comprado durante el tratamiento. En aquella época, los médicos aconsejaron que durmiera con ambas piernas sobre almohadones. Pasaba las noches con las piernas casi verticales de la inclinación. Si alguien me hubiera visto en la penumbra, hubiera visto una media res vacuna colgada del techo de la habitación.
Para las siguientes visitas, me agencié de una bolsa de mercado que encontré en la cocina. Era rayada y combinaba tres colores. Verde, rojo y amarillo. No sé si se corresponden con la bandera de algún país. Allí podía traer muchos más trozos de sal. Sin embargo, había algunos que eran tan grandes que debía dejar en el suelo. Un desperdicio. Últimamente, he perdido un poco el entusiasmo. Nuestro apartamento es chico, y los lugares para ocultarlos ya excedían mi imaginación. No quedaba colchón, cajón profundo o placard en desuso que no atesorara las estalagtitas blancas. Hace unos días, sucedió algo curioso. Uno de los pedazos que se desprendió de un caño tenía la forma perfecta de una mano. Si no la rompí para que ocupara menos lugar en el bolso, fue porque eso mismo. No exagero si digo que sujetando la plancha de sal sentí que me estaba dando la mano. Nos dimos un saludo frío. No nos conocíamos. La guardé en el bolso y esa misma noche la dejé sobre mi mesa de luz. No me importó que mi madre lo advirtiera. Por otra parte hacía tiempo que había de dejado de darme las buenas noches. Volvía tan tarde que si no venía a saludarme a la cama, era para ocultar que había llegado al amanecer. Es más, hubo un tiempo en que dudé si no me había abandonado. Pasaron varios días en que registré su cama intacta. Y el olor de su cuerpo, que parecía el de muchos hombres juntos, casi se había extinguido en el apartamento. Hasta que un día llegó a la hora de la cena con una sorpresa. Un pollo al espiedo con papas.
Decía que, a pesar del peligro que implicaba que fuera descubierta, la mano se había instalado en la mesa de luz. Recuerdo que no pasó mucho tiempo en que de noche, sabiendo que mi madre no había llegado aún, comencé a frotármela por el cuerpo. Primero distruibuía el frío por el pecho. Enseguida cobraba temperatura. La de mi cuerpo, lógicamente. Advertí que con los grados también ganaba en humanidad. Luego la descendía a mis genitales. Solía darle unas suaves palmadas a mi miembro. Lo hacía con cariño y firmeza. A medida que comenzaba a irrigarse de sangre la zona, ayudaba con la mano de sal a que mi miembro se incorporara. Lo hacía lento pero sostenido. Una vez que convencía su verticalidad, repetía mecánicamente un movimiento ascendente y descendente. Era importante sobretodo mantener cierto ritmo. Comprobé con asombro, que la mano ortopédica, era más diestra para esto, que mi propia mano. La superficie de mi miembro solía humedecerse. De modo que al mojar la mano de sal, ésta desprendía pequeños granitos. El ardor que me producía era exquisito. Introducía una inyección de placer inmediata, como cuando te pellizcan. Esto aceleraba mi pulso cardíaco y excitación. Era casi imposible prolongar el movimiento frenético o al menos demorar el caudaloso derrame de mis sustancias. La mano de sal era mucho más fácil de lavar que la parte inferior de mi abdomen.
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