La visita

De afuera parecía un parque de diversiones. Nunca estuve en uno, pero estoy seguro de que deben ser así. Más grandes quizás, pero así de exuberantes. Hacía acordar al despilfarro de naturaleza los días después del big bang. Eran inagotables las formas de plástico y caño retorcidos. Enormes tubos -como piernas- bajaban agresivamente veinte metros de altura y encastraban en recipientes que sospeché vacíos. Otros, por su trayectoria horizontal más pareja y prolongada debían ser de traslación. Interna, de algún líquido pongamos. Muchas piezas en su superficie chorreaban el metal ahora seco de la soldadura. Había grandes cisternas que aboyados por el viento sugerían órganos del cuerpo. Distinguí un estómago perfecto. Y anillos intestinales que era difícil negar. Advertí después, que todas las estructuras se incrustaban en una especie de techo o caparazón. De chapa, seguramente en la que culminaban.

Aquel día -creo de otoño- bajé equivocadamente del colectivo. Por ignorancia o ansiedad, tal vez ambas, bajé en la parada anterior. A esa altura, bien podría haber sido la posterior. Eso lo supe después. Entonces, mi desconocimiento del lugar volvía ambas direcciones: igual de posibles, igual de ciertas. Caminaba apurado como si fuera hacia la primera clase de algo. He comprobado que lo único que se exige en una primera clase es puntualidad. Es el primer acuerdo. Y a veces, hasta una promesa cumplida. Habrá aprendizaje. Apuré aún más el paso. Me hubiera gustado correr.

Es cierto que su tamaño es lo que en un primer momento triunfaba en la percepción. Pero al rato, lo más llamativo y asombroso era el riesgo formal de esas arquitecturas. Su agresividad con el espacio. No sé me ocurre otra manera mejor de nombrarlo. El óxido, sin duda, también le daba un aire de época. Como si ese espacio estuviera fuera o al margen del tiempo. Como si hubiera pertenecido a una edad prehistórica. Pero de la que inexplicablemente tenemos recuerdo de haber visto alguna vez. Creo que lo que las mantenía vigentes era eso. La perseverancia en ese gesto de violencia. Y el tiempo evitaba con astucia el filo de sus lados.

Desde el colectivo, había visto cómo, paulatinamente, a medida que uno se alejaba del centro de la ciudad y se acercaba a la periferia, las cuadras iban abandonando la rigurosidad de su definición. A veces los cien metros se prolongaban en kilómetros. El recorrido del colectivo era poco original. Repetía con menos sinuosidad el trazado de la costa. A veces en algunas esquinas asomaba el mar. Es divertido pensar que había quienes vivían entre una calle y el mar. Viajábamos por aquella zona, donde la periodicidad de las calles que cortaban la principal, se volvía más caprichosa. Cuando toqué el timbre, para avisarle al conductor que bajaba en la próxima parada, éste detuvo inmediatamente el colectivo. Se abrió la puerta y descendí. No había ningún poste que indicara que había allí una parada.
En la entrada del lugar unas puertas de reja entorpecían el ingreso. Pasé con holgura por la panza de la curva entre dos rejas. Un tejido de alambre rodeaba todo el perímetro de la construcción. En inspecciones posteriores comprobé que en muchas partes el tejido estaba roto. Lo que le daba un carácter más ridículo a las rejas de la entrada. Creo que a otros este lugar les hubiera parecido obsoleto. Hasta innecesario. Es probable que tuvieran razón. El viaje y cierta prisa -no sé de qué- habían alojado en mi vientre la urgencia inconfundible de un pis. Por lo visto, su postergación con la caminata no había sido exitosa. Sentí agudas puntadas en la panza. Con precisión quirúrgica había pinzas que tironeaban de mi vejiga. Orinar era una actividad que sólo hacía en soledad. Por eso siempre evitaba la intemperie. Aclaro, por lo inabarcable. La inmensidad permite alojar miradas curiosas que se ocultan de la nuestra. Y la sospecha de una, alcanza para frustrar la soledad imprescindible. No dije que vivo con mi madre. En casa el baño al ser tan pequeño permite controlar la privacidad que reclama orinar. Hace un tiempo me di cuenta que si pongo la radio con el volumen bien fuerte antes de ir al baño, orinar me da más placer. Es curioso, pero es una práctica que conservo. Aún cuando mi madre no está.

No sé porqué al cruzar las rejas recordé el rostro del conductor. Después de lo que todos sabemos, el espacio de los chóferes había sido cercado por pequeños cubículos. En realidad, se trataba de dos planchas de vidrio grueso. Quizás blindado. Lo que daba la impresión de que estuvieran en una pecera. A mi madre le llamaban mucho la atención ese tipo de cosas. Esas que al separarse de lo público enseguida las rodea un aura espectacular. Como sucede con los escenarios, por ejemplo. Y es cierto, había teatralidad en esa especie de vidriera. Contaba que había algo de desorientación en la imagen que el espejo retrovisor, me había devuelto del chofer. Usé esa palabra, aunque no es la que mejor se ajusta al aire de su rostro. Confieso que revela más un límite personal que la justeza de la descripción. Como a esa altura del viaje era el único pasajero, al descender, dejaba el colectivo vacío. Creo que algo de eso conmovió al conductor. Y a pesar de que quizás hubiera querido ocultarlo, en su rostro era evidente. A eso me refería, con la palabra desorientación. Aunque ni él ni yo supiéramos nombrarlo, algo de viajar con el colectivo vacío lo volvía injustificado. A él, a su trabajo. Y todos los asientos del coche vacíos, volvían esta evidencia insoportable. Es decir que si había frenado de inmediato, lo había hecho por bronca. Mi decisión de descender, lo introducía en el viaje por delante, al dominio de lo injustificado. Había decidido por los dos. Sospeché que a modo de venganza, a la vuelta, cuando lo aguardara en la parada, no detendría la unidad. Afortunadamente me equivoqué.

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