Playa

Una sola vez en mi vida fui a la playa. En realidad, fuimos. Mis padres y yo. Acostados en la arena, sentí una molestia en la espalda. La molestia se desplazó algunos centímetros por mi cuerpo. Al moverme para acomodar -lo que suponía una piedrita- en alguna concavidad entre mis hombros, la molestia cesaba. Así un rato. Hasta que del lugar en que estaba la molestia, recibí un pellizco punzante. Me incorporó mi propio alarido. Debajo de la toalla, casi del mismo color de la arena, descubrí al agresor. Un bicho parecido a una araña pero con el tronco levemente incorporado me desafiaba con la mirada.
El sol hacía brillar las pinzas que exhibía en cada mano. Las abría y las cerraba. Por lo demás estaba quieto, y en lo que supuse, posición de ataque. Quizás mis movimientos habían sido interpretados por una invitación a pelear. Y sin embargo, lejos de una insinuación guerrera, mis movimientos de espalda sólo habían sido intentos de acoplarme mejor a la naturaleza de la playa. El bicho –después supe que los llamaban cangrejos- se desplazó lateralmente unos centímetros. Su andar le permitía mantener no abandonar la guardia. Cuando estuvo a unos metros acepté que el combate había concluido. Recuerdo que mi madre hizo un chiste. Quizás para calmarme, no sé. Dijo que peor hubiera sido que se me metiera adentro por el culo. Lo que me molestó sobretodo fue que usara esa palabra. No culo, sino la palabra molestia. Eso fue lo que sentí. Y eso fue lo que según ella había sentido durante los meses de mi embarazo. Una molestia. Desde aquella vez, guardo una inexplicable fascinación por los cangrejos.

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