Modos de amar

Esa tarde caminé a lo largo de la costanera junto a Voz del Mar. No sé por qué, pero no le decíamos el mar, sino la mar. Íbamos a la mar. Pasábamos el día en la mar. Nos acostamos cerca de la mar. Recuerdo que una vez, expandidos en la arena, no pude contener las ganas. Ella estaba acostada boca abajo. Acerqué mi boca a sus piernas y besé la parte anterior de las rodillas. Mi cuerpo temblaba de placer. Turnaba de pierna. Me hubiera gustado que estuvieran juntas, que formaran una sola superficie. Lamerla sin interrupciones. No puedo decir que a ella le gustaba lo que hacía. Tampoco lo contrario. Al menos parecía no molestarle. Si no estaba despierta, se hacía la dormida.A la vuelta, viajamos en la última fila de asientos del colectivo. El motor de las unidades estaba ubicado en la parte de atrás. De modo que debajo de nuestros asientos el ruido era casi tan fuerte como el grupo electrógeno de un hospital. Hablar era imposible. Yo aproveché decirle lo que no me animaba. No sólo palabras de amor. Dije también cosas que me gustaría hacer con ella si estuviéramos desnudos. Sin embargo, nada de esto parecía afectarla. Respirarte cerca del oído y arrancártela de un tarascón limpio justo cuando estuvieras a punto. Ella miraba por la ventanilla los rastros de lo que sucedió después de lo que todos sabemos. Cortarte los labios para metértela toda. Parecía no escucharme o se hacía. Yo de alguna manera también me hacía. Creo que no me hubiera animado a realizar casi ninguna de las propuestas.

Encontramos la puerta de su apartamento cerrada. Alguien había quitado el cartón. Curiosamente yo había olvidado llevar el cuchillo. Intenté sin hacer mucha fuerza, pero estaba imposible. Fuimos a mi apartamento en busca de herramientas. Dificultaban el paso algunos muebles que había en el pasillo. La puerta del apartamento estaba cerrada. Oí gente hablar adentro. Toqué la puerta. Nadie contestó. Vi que los muebles del pasillo eran los nuestros. Los de mi madre. Recuerdo que salimos del edificio tal como habíamos entrado minutos antes. Caminamos. Comenzaba la oscuridad de la noche a convencer. En la calle nadie. Ella iba unos pasos más adelante. El prendedor aferrado a su pelo rebotaba los últimos rayos del atardecer. Imaginé estar incrustado a ella para siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario