Malecón

Me enteré por mi madre, que en otros países, a lo que aquí llamamos costanera, le dicen malecón. Así como suena, malecón. Nos referimos a lo mismo de modos distintos. Recuerdo que los días siguientes inventé una palabra distinta para cada objeto del apartamento. Realicé un inventario, que luego aprendí de memoria. Muchas de las palabras eran completamente nuevas. No era fácil hacerlas. Tenía dos limitaciones importantes. Debía poder pronunciarlas, y por si esto fuera poco, recordarlas. Naco, por ejemplo. Era sencilla y sonaba bien. En la cocina, colgaban los nacos dentro de bolsas. Utilizaba las bolsas de cebolla porque eran de un tejido plástico que permitía la ventilación. Para conservar la carne la enrollaba en pedazos de sal. En pocos días la carne abandonaba su rojo alarido, por un gris más o menos pálido. Solía suceder que durante semanas era imposible conseguir carne. Sin que mi madre se diera cuenta, agregaba al guisos los mariscos que juntaba en la playa. Bien cocidos todo lo que perdían en sabor lo ganaban en firmeza.
A mi madre le había puesto Ona. Al sol, krenn. La luna por utilizar la luz del sol, era casi igual pero con una ene menos, kreen. Algo simlilar pasaba por ejemplo con kauken, la noche. Compartía la raíz de sol y luna pero tenía en el medio la ausencia. Au.
Para otras utilicé las mismas letras pero con orden distinto. La sema con las loptas darvises, era evidentemente, la mesa con los platos servidos. Las tenía tan incorporadas que comencé a olvidar su combinación anterior. Sé que entre las nuevas
Advertí que el lenguaje está plagado de equívocos. Fue con los médicos. En la primera consulta, el médico vio en mis piernas una enfermedad física. En cambio en la siguiente consulta, un médico más joven juró que tenía antes sus ojos un milagro evolutivo. Un salto de la especie para uno, y una enfermedad hereditaria para otro. En una de mis habituales caminatas por la costanera, enfrente del tinglado, recordé la palabra malecón. La repetí varias veces. A pesar de eso, seguía caminando por la costanera.


Un día mi madre me prohibió volver a hablar en ese idioma. AUnque a veces lo hacía, no siempre era para insultarla. En adelante comencé a olvidar esas palabras que sólo volvían a aparecer en sueños.
UN día soné un poema y se lo regalé a Voz del Mar.
Soñé que tenías una flor
en lugar de cabeza.

Al día siguiente la llevabas puesta.

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