El llamado

Comenzaba a sentir una serie de vibraciones suaves, ondulantes. Después, el ritmo ganaba en latidos externos de un corazón que, por supuesto, no era el mío. Esa especie de estampida de indios, digamos, crecía hasta montar su galope en mis oídos. Los tímpanos se nublaban, como si me hubiera entrado agua. Y un zumbido mudo se instalaba en la parte superior de mi cabeza. El estribillo que se repetía era el sonido constante de una doble erre. Me venía una especie de mareo o ganas de vomitar. Seguramente la debilidad de mis piernas colaboraba. Era lógico que flaquearan en la embestida. Aún cuando estuviera sentado o acostado.

La erre podía durar varios minutos. La variación más notable era el ascenso del volumen. Sentía un grupo electrógeno de hospital encendido en mi cabeza. Pero más tarde que temprano, el torbellino se transformaba en un espaciado rebote. Lo más parecido a un chico que empieza a jugar al básquet. Afortunadamente el ruido desmayaba en el lento y acompasado vagar de olas. Yo quedaba completamente seco, pero convencido de haber sido bañado en algo. Y con la certeza de que lo tenía incrustado. Necesitaba escapar hacia alguna parte. Aún cuando sabía que huía de algo que llevaba conmigo. No sé porqué siempre aparecía en ese horizonte fracturado, ir a la construcción. Allí había olor a mar. Quizás asociaba eso inexplicablemente a la libertad o la posibilidad de liberarme de la sensación de encierro. Entonces me dirigía hacia allí, era la única esperanza de que tendría descanso.

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