Edificio

Recorrimos el edificio. Ella no se atrevía a salir a la calle. Era demasiado prematuro. Los pasillos eran larguísimos. Un día se le ocurrió unaComprobé que los pasillos angostos favorecían mi caminar lateral. Podía lo que en espacios abiertos me era imposible. Apoyar las manos. Con la espalda apenas curvada llegaba cómodo con ambos brazos a rebotarme contra la pared. Comprobé que si los separaba en altura, al caminar, no se pisaba una mano con otra. Es más, le daba envión al paso siguiente. Recorrí el pasillo unos metros de este modo. Sentí que caminaba con las manos. No sabría cómo decirlo mejor. Las palmas de mis manos era las plantas de mis pies. En el pasillo era imposible caerme. Me atreví a correr.Tomándome de las barandas, las escaleras eran una pavada. Subía y bajaba a mi gusto. Donde no había barandas proliferaban cañerías. El edificio tenía tantos departamentos como letras. Era enorme. Uno podía pasarse el día entero recorriéndolo. Por su tamaño y por lo fácil que era perderse. Los pasillos, escaleras y codos invitaban a perderse. Ningún piso respetaba la lógica del inferior. Después de lo que todos sabemos, se construía a medida que se conseguían los materiales y la mano de obra. En las recorridas ella siempre traía un pedazo de pan y dulce que ella misma había preparado. El de frutilla era un manjar. No pude aceptar que me los regalara, por hubiera sido difícil ocultarlo en casa.

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