Abandono

Era inevitable no reirme al ver los maquillajes de mi madre en el labatorio del baño. Quizás porque fue la única vez que me golpeó en serio. Golpear, en realidad nos golpeamos los dos. Pero la única que golpeó fue ella. Se lastimó con sus propios golpes. Y si a mí me lastimó tanto, fue porque no sabía pegar. Ya en la escuela había comprobado que las mujeres desconocen sus fuerzas. Cuando las utilizan suelen hacerlo exageradamente. Recién después de golpear, advierten lo desmedido del golpe. Con mi madre fue parecido.
Esto viene a cuento de que mi madre tenía dos versiones de sí misma. O mejor, dos maneras de relacionarse con el abandono que era. Antes de salir a trabajar, su rostro daba miedo. Lleno de marcas. Y no eran todas arrugas. Era demasiado joven para tener tantas. La piel de su cara tenía un desgaste parecido a las manos de quienes utilizan demasiado detergente. Su desgaste era más químico que físico. Yo no sé si es generalizable. Pero supongamos el color fosforescente de los productos de limpieza. Viéndolos es imposible imaginar de donde porvienen. En cambio, viendo una cuchara, se puede rastrear la pieza de metal que debe haber sido. Y yendo más atrás, imaginar el trozo de piedra que aguardaba ser detonado en una mina. El deterioro del cuerpo de mi madre, sería para mí inexplicable. La caída de sus párpados, por ejemplo. Se dio de un día para el otro. No hubo indicios. Al menos para mí, que la veo casi todos los días. Instalaron definitivamente en su cara un aire de cansancio y sueño atrasado. A la mañana, podía llegar a levantarse con la frente o los cachetes hinchados. Como si fuera una respuesta a algún daño que hubieran sufrido el día anterior. A partir de dormir con los almohadones con pedazos de sal escondida, advertí que la sal disipa inflamaciones. Durante el día podía tener tres o cuatro caídas. SI me agarraban desprevenido, el desparramo se aseguraba algún moretón. Colocaba por la noche una pila de almohadones sobre la zona, y al día siguiente podía caerme sobre el mismo lugar. Digo esto, porque a pesar de rechazarlo mi madre no pudo negar los efectos sanadores de los cojines. Ayudaba a atarle dos almohadones pequeños. Uno de cada lado de la cara.
Llegado el momento de partir se los quitaba. Frente al espejo del baño, pasaba al menos media hora. Se colocaba una serie de capas de maquillaje. La podía espiar porque olvidaba cerrar bien la puerta del baño. También la he visto orinar. Lo último que hacía era pintarse los labios. Y corregir el rouge frotándose un labio con el otro. Al salir del baño, uno hubiera pensado que era otra persona. La palabra arreglada, a ella, le cabía perfecto. Había borrado toda huella de abandono. La belleza que resplandecía en su rostro había atravesado esa desolación. Era producto del maquillaje. Por supuesto que mi madre era bella. Pero después de lo que todos sabemos, es como si esa belleza se le hubiera despejado de la cara. Y el día soleado que era entonces su rostro, tenía más de cruel desierto que de vacacional playa. Cuando me besaba antes de irse, si recordaba hacerlo, sentía el pegote de sus cachetes. Se empastaban con los míos. Aún si los apoyaba delicadamente.
Un día, aburrido, comencé a destapar los pequeños estuches que guardaban esos polvos. Los colores oscilaban entre el beige y el marrón. Para la parte izquierda de mi cara, utilicé los más claros. Para la otra los oscuros. Mi cara me comprendía tanto a mí, como a mi hermano negro. No logré que el rouge se ajustara sólo a mis labios. Los errores en la parte superior e inferior, me otorgaban un aspecto payasesco. Se me ocurrió también pintarme lso párpados. Si cerraba uno, con el otro podía ver el extraño efecto que le daba el rojo. No sé porqué, supongo que por el entusiasmo de verme maquillado por primera vez, que no dudé en probarme la ropa de mi madre. Me costó enorme trabajo colocarme una pollera. Era demasiado pequeña, pero era la que mejor me quedaba. Olvidé ponerme corpiño. Por eso quizás la remera me quedaba algo holgada en la parte superior. Los tacos fue casi imposible. Si bien colaboraba que los zapatos me quedaran chicos, tanta altura en los talones me desequilibraba demasiado. Resolví cortarles dos centímetros de cada lado. Fue la solución perfecta.
Creo que jamás vi a mi madre tan sorprendida. Horrorizada. Gritó algún insulto. Me reí. No insultaba bien. Esto la enfureció. Se quitó un zapato, y al ver que escapaba hacia mi habitación me lo revoleó por la cabeza. Su falta de puntería acertó en un adorno de cristal que se rompió al caer al piso. Más enfurecida aún corrió a mi habitación. Me encontró cubierto de almohadones para amortiguar los golpes. Con el primer golpe arrasó mi endeble trinchera. El siguiente fracturó mi nariz. Fue entre una cachetada y una piña. Lo desparejo del golpe fue lo que permitió que un anillo trozara el débil hueso. Después del tortazo, mi madre también gritó del dolor. En pocos instantes, su mano se le había hinchado como si le hubiera picado una abeja. La inflamación no le permitía quitarse lso anillos. Supongo que a eso se debía tanto dolor. De modo similar, la sangre que no dejaba de salir de mi nariz no me permitía localizar el dolor. Me deseperaba menos que dolerme. Perdí tanta sangre, que sospecho por eso desmayé. Recuerdo que antes de caer en ese sueño profundo, vi a mi madre envolverme la cabeza con una toalla. Supuse que me iba a ahorcar. Afortunadamente me equivoqué.

Apagones

Después de lo que todos sabemos, el empeoramiento de los servicios públicos era ostensible. Es curioso como la irregularidad se incorpora tan fácilmente a nuestra vida cotidiana. No sé qué pensar. Si es una virtud propia de la normalidad. Digo la de asimilar con comodidad, hasta casi holgura, lo excepcional. O si lo que sucede es en realidad, al revés. En todo caso, era difícil aceptar que, tal como se decía oficialmente, el verdadero responsable de los apagones era el calor insoportable. Las temperaturas aquí variaron mucho. Escuché de boca de alguien, que hay países en los que no se vive el cambio de estación. El año, para ellos, consiste en una unidad sólo interrumpida por épocas de lluvias. En esas latitudes, llaman malecón a la costanera. Hay quienes dicen que nuestro país tiende a esa indistinción. Creo que se equivocan. Menos que a la indiferencia, a lo que tiende nuestro clima es a los extremos. Sin ir más lejos, el invierno pasado nevó por primera vez para muchos. Es que casi habíamos olvidado que nuestro cielo era capaz de nevar. Mi madre me mostró imágenes que se tomaron del acontecimiento. Calles, autos, casas y edificios, en una palabra, todo enfundado en una capa blanca de masapán. En cambio en verano, los picos de calor son tan elevados que acaban con la vida de mucha gente. Mi madre, me contó que antes, los grandes edificios parecían transpirar. Y no de calor, de frío. Empapaban las veredas. Se utilizaban unos equipos, llamados aire acondicionado, que al condensar el agua arrojaban su desperdicio a la calle. A pesar de que lo seguían haciendo, recomendaban a los niños no consumir ese líquido que no era del todo agua. Pero como esos equipos precisan de electricidad para funcionar, han pasado en esos lugares a ser elementos de decoración.
Esto venía a que los apagones de tan frecuentes, se han regularizado. Y la plasticidad de nuestras vidas se acomodó a esta situación. Como es lógico, el problema más grave es la refrigeración de los alimentos. Aprendí cuáles son perecederos. En realidad todos los son, pero hay algunos en los que el proceso de descomposición es más rápido. Los lácteos y la carne, por ejemplo, son los peores.
sal en casa. En casa había olor a mar.

Sugerencia

El sueño que tuve del cangrejo, me sugirió algo que luego comprobé. Los tubos y cisternas conservaban marcas a lo largo de su superficie. Eran la escritura de las crecidas de agua. Dicen que hay árboles que registran el paso de las años formando arandelas en su tallo. Al parecer, el agua había crecido allí por lo menos metro y medio. Seguramente eso había aconsejado abandonar el lugar a quienes antes lo ocupaban. Mi sorpresa fue advertir que en algunos tubos había aún hilitos de agua. Supuse primero que con el mar tan próximo, debía ser agua de la rompiente de las olas. Pero por la distancia era casi imposible. Supuse entonces la lluvia. Pero hacía días no llovía. Para sacarme la duda probé una gota. Resultó saladísima. Como comer un grano de sal grusa.
La superficie de todas las estructuras estaba cubierta por una capa de dos a tres centímetros de sal. Raspé un poco y se descascaraban planchas de sal enteras con gran facilidad. Vino a mi mente una palabra. Genrosidad. Guardé algunos pedazos en los bolsillos del panalón. Al regresar a casa escondí los trofeos debajo de mi cama. Advertí que no era un buen lugar. No porque en la limpieza mi madre pudiera descubrirlos. Yo era el encargado de mantener el lugar limpio. Mi madre para aprovechar los metros de nuestro pequeño apartamento, guardaba ropa y cosas suyas debajo de mi cama. Era casi imposible que no confundiera los pedazos de sal con algún par de zapatos. Decidí colocarlos dentro de los almohadones que se habían comprado durante el tratamiento. En aquella época, los médicos aconsejaron que durmiera con ambas piernas sobre almohadones. Pasaba las noches con las piernas casi verticales de la inclinación. Si alguien me hubiera visto en la penumbra, hubiera visto una media res vacuna colgada del techo de la habitación.
Para las siguientes visitas, me agencié de una bolsa de mercado que encontré en la cocina. Era rayada y combinaba tres colores. Verde, rojo y amarillo. No sé si se corresponden con la bandera de algún país. Allí podía traer muchos más trozos de sal. Sin embargo, había algunos que eran tan grandes que debía dejar en el suelo. Un desperdicio. Últimamente, he perdido un poco el entusiasmo. Nuestro apartamento es chico, y los lugares para ocultarlos ya excedían mi imaginación. No quedaba colchón, cajón profundo o placard en desuso que no atesorara las estalagtitas blancas. Hace unos días, sucedió algo curioso. Uno de los pedazos que se desprendió de un caño tenía la forma perfecta de una mano. Si no la rompí para que ocupara menos lugar en el bolso, fue porque eso mismo. No exagero si digo que sujetando la plancha de sal sentí que me estaba dando la mano. Nos dimos un saludo frío. No nos conocíamos. La guardé en el bolso y esa misma noche la dejé sobre mi mesa de luz. No me importó que mi madre lo advirtiera. Por otra parte hacía tiempo que había de dejado de darme las buenas noches. Volvía tan tarde que si no venía a saludarme a la cama, era para ocultar que había llegado al amanecer. Es más, hubo un tiempo en que dudé si no me había abandonado. Pasaron varios días en que registré su cama intacta. Y el olor de su cuerpo, que parecía el de muchos hombres juntos, casi se había extinguido en el apartamento. Hasta que un día llegó a la hora de la cena con una sorpresa. Un pollo al espiedo con papas.
Decía que, a pesar del peligro que implicaba que fuera descubierta, la mano se había instalado en la mesa de luz. Recuerdo que no pasó mucho tiempo en que de noche, sabiendo que mi madre no había llegado aún, comencé a frotármela por el cuerpo. Primero distruibuía el frío por el pecho. Enseguida cobraba temperatura. La de mi cuerpo, lógicamente. Advertí que con los grados también ganaba en humanidad. Luego la descendía a mis genitales. Solía darle unas suaves palmadas a mi miembro. Lo hacía con cariño y firmeza. A medida que comenzaba a irrigarse de sangre la zona, ayudaba con la mano de sal a que mi miembro se incorporara. Lo hacía lento pero sostenido. Una vez que convencía su verticalidad, repetía mecánicamente un movimiento ascendente y descendente. Era importante sobretodo mantener cierto ritmo. Comprobé con asombro, que la mano ortopédica, era más diestra para esto, que mi propia mano. La superficie de mi miembro solía humedecerse. De modo que al mojar la mano de sal, ésta desprendía pequeños granitos. El ardor que me producía era exquisito. Introducía una inyección de placer inmediata, como cuando te pellizcan. Esto aceleraba mi pulso cardíaco y excitación. Era casi imposible prolongar el movimiento frenético o al menos demorar el caudaloso derrame de mis sustancias. La mano de sal era mucho más fácil de lavar que la parte inferior de mi abdomen.

Modos de caminar

Mi modo de caminar, debido al problema de mis piernas, era bastante particular. En pocas palabras, camino de costado. Lateral, como los jugadores de tenis. Como mis piernas están enfrentadas debo hacerlo así. Al principio solía auxiliarme tomándome de las paredes. Advertí que el problema de ese modo humillante de reptar, no era una dificultad de mis piernas. Sino de mi equilibrio. Creo que la gente que camina hacia adelante, tiene un pésimo equilibrio. Por eso encuentran asombroso algo tan fácil como caminar por una cuerda en el aire. Comencé a dominar el balanceo de mi cuerpo. Era el único modo de independizarme de apoyos externos. Entendí lo extraño que resulta la constitución física de nuestro cuerpo. Puesto que en posición vertical, los pies son el único punto de apoyo de todo el cuerpo. Y su superficie comparada con el resto del cuerpo es mínimo. Para que nuestra especie conserve la verticalidad que la distingue del resto, sacrificamos el útil apoyo de nuestras manos.
Practiqué el equilibrio con muchos elementos. La mayoría de ellos eran los que mi madre había utilizado para intentar corregir mis piernas. Con las sogas, por ejemplo, ejercitaba atravesar el espacio entre una pared y otra. Hubo un tiempo, que pese al enojo de mi madre, instalé un recorrido de cuerdas que me permitían andar por toda la casa sin apenas acariciar una pared. Estuve tan orgulloso de eso. Del invento y bueno, de mis posibilidades físicas.
Mentiría si digo que fue culpa de mi actividad con las sogas. Pero la transformación en mis manos fue contemporáneo a esos ejercicios. Para sujetarme debía hacer mucha fuerza con los brazos y manos, pero sobretodo los dedos. Sin ellos la fuerza del resto de mi cuerpo no tenía donde aferrarse. De modo que lod dedos de mi mano comenzaron a atrofiarse. Excepto el pulgar, los demás dedos se habían endurecido de modo tal que no lograba separarlos. Tampoco podía auxiliarme con la otra mano, pues sufría el mismo proceso. Quizás debí haber pensado algún modo de intervenir la unión de mis dedos. Y no hubiera sido tan difícil. Unas tablitas entre cada dedo, por ejemplo. Supongo que mi preocupación por caminar sin ayuda, despejaba del horizonte ese tipo de posibilidades. Al poco tiempo, mi mano, más que una mano, parecía una pinza. Era capaz de romper una nuez con sólo apretarla. Del horno colgaba una suerte de manopla que utilizaba para no quemarme. En mi mano calzaba perfecta. Pedí a mi madre si podía comprarme la que se fabrica para los zurdos. Quería completar el par. Un día juró que le fue imposible conseguirla. Advertí que, en realidad, para la mano izquierda podía utilizar el mismo guante pero dado vuelta. Sin embargo, ya no me atreví a pedirle a mi madre.

Conspiraciones

Antes de visitar el parque, jamás había salido de casa. Todo lo que sabía de la calle era a través de mi madre. De sus relatos. Y como solía llegar cansada, tampoco podía exigirle más detalles de los que me ofrecía. Menos aún podía reclamar relatos de cosas que ella parecía no darle importancia. La realidad para mí estaba fragmentada. Era como si mi mundo prescindiera de pedazos de realidad. Es probable que el hábito de pensar colaboró para que sucediera. Mi visita al parque, digo. Exponer a que alguien ocupara para siempre nuestra casa. Y que mi madre y yo debiéramos recorrer la ciudad en busca de un nuevo asilo.
Un día se me presentó una idea espantosa. Sigo creyendo que la lucidez es algo que se padece. La idea que tuve articulaba dos cosas que jamás había creído cómplices. Que yo no saliera de casa, se debía a la vergüenza que sentía mi madre, ante los ojos de los demás, de mi condición. Tranquilamente podría haber dicho que yo había muerto. Y es cierto, no hay modo mejor de matar a alguien, que mantenerlo oculto de los demás con su propio consentimiento. El plan de mi madre era perfecto.

Mi temor

El temor que me perseguía era que por algún motivo el lugar hubiera desaparecido. Y no era poco probable. Que una ordenanza municipal por ejemplo. Decidiera que ese terreno, así, era un desperdicio. Y que una comunidad tan pequeña como la nuestra. Tan alejada de donde pasan las decisiones que resuelven el destino del mundo. Se diera el lujo de no hacer rendir económicamente esas hectáreas. Y aún cuando no hubiera dinero. Siempre algún inversionista extranjero estaría dispuesto a hacer más dinero.

El llamado

Comenzaba a sentir una serie de vibraciones suaves, ondulantes. Después, el ritmo ganaba en latidos externos de un corazón que, por supuesto, no era el mío. Esa especie de estampida de indios, digamos, crecía hasta montar su galope en mis oídos. Los tímpanos se nublaban, como si me hubiera entrado agua. Y un zumbido mudo se instalaba en la parte superior de mi cabeza. El estribillo que se repetía era el sonido constante de una doble erre. Me venía una especie de mareo o ganas de vomitar. Seguramente la debilidad de mis piernas colaboraba. Era lógico que flaquearan en la embestida. Aún cuando estuviera sentado o acostado.

La erre podía durar varios minutos. La variación más notable era el ascenso del volumen. Sentía un grupo electrógeno de hospital encendido en mi cabeza. Pero más tarde que temprano, el torbellino se transformaba en un espaciado rebote. Lo más parecido a un chico que empieza a jugar al básquet. Afortunadamente el ruido desmayaba en el lento y acompasado vagar de olas. Yo quedaba completamente seco, pero convencido de haber sido bañado en algo. Y con la certeza de que lo tenía incrustado. Necesitaba escapar hacia alguna parte. Aún cuando sabía que huía de algo que llevaba conmigo. No sé porqué siempre aparecía en ese horizonte fracturado, ir a la construcción. Allí había olor a mar. Quizás asociaba eso inexplicablemente a la libertad o la posibilidad de liberarme de la sensación de encierro. Entonces me dirigía hacia allí, era la única esperanza de que tendría descanso.

Malecón

Me enteré por mi madre, que en otros países, a lo que aquí llamamos costanera, le dicen malecón. Así como suena, malecón. Nos referimos a lo mismo de modos distintos. Recuerdo que los días siguientes inventé una palabra distinta para cada objeto del apartamento. Realicé un inventario, que luego aprendí de memoria. Muchas de las palabras eran completamente nuevas. No era fácil hacerlas. Tenía dos limitaciones importantes. Debía poder pronunciarlas, y por si esto fuera poco, recordarlas. Naco, por ejemplo. Era sencilla y sonaba bien. En la cocina, colgaban los nacos dentro de bolsas. Utilizaba las bolsas de cebolla porque eran de un tejido plástico que permitía la ventilación. Para conservar la carne la enrollaba en pedazos de sal. En pocos días la carne abandonaba su rojo alarido, por un gris más o menos pálido. Solía suceder que durante semanas era imposible conseguir carne. Sin que mi madre se diera cuenta, agregaba al guisos los mariscos que juntaba en la playa. Bien cocidos todo lo que perdían en sabor lo ganaban en firmeza.
A mi madre le había puesto Ona. Al sol, krenn. La luna por utilizar la luz del sol, era casi igual pero con una ene menos, kreen. Algo simlilar pasaba por ejemplo con kauken, la noche. Compartía la raíz de sol y luna pero tenía en el medio la ausencia. Au.
Para otras utilicé las mismas letras pero con orden distinto. La sema con las loptas darvises, era evidentemente, la mesa con los platos servidos. Las tenía tan incorporadas que comencé a olvidar su combinación anterior. Sé que entre las nuevas
Advertí que el lenguaje está plagado de equívocos. Fue con los médicos. En la primera consulta, el médico vio en mis piernas una enfermedad física. En cambio en la siguiente consulta, un médico más joven juró que tenía antes sus ojos un milagro evolutivo. Un salto de la especie para uno, y una enfermedad hereditaria para otro. En una de mis habituales caminatas por la costanera, enfrente del tinglado, recordé la palabra malecón. La repetí varias veces. A pesar de eso, seguía caminando por la costanera.


Un día mi madre me prohibió volver a hablar en ese idioma. AUnque a veces lo hacía, no siempre era para insultarla. En adelante comencé a olvidar esas palabras que sólo volvían a aparecer en sueños.
UN día soné un poema y se lo regalé a Voz del Mar.
Soñé que tenías una flor
en lugar de cabeza.

Al día siguiente la llevabas puesta.

Hábitos

Supongo que por pasar tantas horas dentro de casa, adquirí el hábito de pensar. Es decir, la actividad inmóvil de volver una y otra vez sobre lo que pienso. Temo aburrirme y a veces mi única actividad durante el día es ésa, pensar. Es extraño, pero cansa. A veces más que tener que hacer mandados una mañana entera. Hubo una época, cuando la única preocupación eran las usurpaciones, en la que mi madre me sugirió que hablara si escuchaba algún ruido en la puerta. Y en varias oportunidades pasó. Pisadas que se detenían frente a nuestra casa. Y se quedaban allí unos instantes sin llamar a la puerta ni hablar. Entonces comenzaba una charla. Debía hacerlo por mí y por alguien más. Hablar conmigo mismo pero con voces distintas. Creo que la segunda voz no era precisamente creativa. Su ocurrencia fue tan espontánea. Por evitar un estornudo me tapé la nariz y continué hablando. Mi voz se volvió más apagada y por supuesto más nasal. De modo que sugería que alguien hablaba desde el fondo de la casa. Y que esa voz resfriada pertenecía a una persona mayor.
Con la práctica fui perfeccionando tanto la fluidez de los cambios de voz como el contenido de los diálogos. Me dio confianza advertir que mi técnica disipaba las intenciones de los ocupas. Es más, un día me atreví a representar una escena. Había algo en disputa, no recuerdo bien qué. La cuestión es que después de gritarse un rato, una de las voces quebraba en llanto. La otra seguía con los alaridos. Así fue que mi madre, que estaba del otro lado de la puerta y no encontraba la llave se quedó escuchando hasta el final. Cuando entró, me debe haber visto con el rostro empapado en lágrimas. Y en mi boca, aún hablando la voz que había gritado pidiéndome disculpas. Mi madre dijo que ya no era necesario, lo de simular que hubiera más gente. Y me prohibió en adelante ese ejercicio. Lo que no implica que haya dejado de hacerlo adentro de mi cabeza. Pensar se parece mucho a eso.

Métodos caseros

A mi madre o la desesperación que era ella entonces, se le ocurrieron una serie de técnicas caseras. Eran diferentes y los elementos involucrados variaban, pero estaban alentadas por la misma idea. La hipótesis era que si mis piernas se retorcían para el mismo lado, la fuerza que operaba sobre ellas era la misma. Entonces lo que se debía hacer, era operar sobre esa fuerza pero en sentido contario. Usó un trapo de piso para representarlo. Los procedimientos parecían más métodos de tortura que de sanación. Rompió muchos de sus cinturones para armar una especie de manijas. Probó atarme con cuerdas durante horas. Había conseguido unas argollas que colocó en paredes distintas para sujetarme. Cada implemento podía prolongarse hasta una semana, sin contar los intervalos de descanso. Que en general coincidían con los momentos para comer.

Ante el fracaso de sus técnicas, mi madre comenzó a subjetivar mi problema. Me pedía una colaboración que era imposible. La fuerza que retorcía mis piernas no parecía provenir de mi cuerpo. Y sin embargo ella comenzó a dudar si yo tenía verdaderas ganas de curarme. Llegó a afirmar que el retorcimiento era producto de cierto empecinamiento mío. Sus hipótesis psicológicas tampoco permitían aclarar nada. Ni yo pretendía no caminar para estar siempre cerca suyo. Ni tampoco había elegido a mi padre. Escucharla decir eso, no podía dejar de resultarme a mí y a ella, patético. Pero creo que era el modo de arreglárselas con su decepción. Sé que mucho tiempo me odió. Y sé también que si yo comencé a participar en el fracaso de sus métodos, fue para repartir la responsabilidad de la tristeza. Ella corroboraba sus tontas hipótesis, y yo la veía más tiempo del día feliz. Entendí que las prendas de adultez con que el desarrollo viste a los niños, son desparejas. En mi caso, hasta injustas.

Mi crecimiento

Durante la etapa de crecimiento, mi cuerpo se dio demasiadas libertades. Creo que nada produce tanta satisfacción en este mundo, como cuando aquel cuerpo adulto que deseábamos de hermanos, primos, incluso el de nuestros padres, se empieza a desarrollar en el nuestro. Uno siente en carne propia el trabajo de la especie. Las zapatillas chicas son una victoria irrefutable. Tener que comprar o conseguir ropa prestada de adultos es una confirmación de un proceso que no queremos que se detenga jamás.

Hubo un momento en el que yo sí quise que se detuviera. Pero del mismo modo en que el cambio había comenzado sin avisarme, luego tampoco iba a consultar su detención. Al principio, mi cuerpo aumentó en tamaño y peso correctamente. Veía en la mirada tanto de mi madre como sus amigas, que mis músculos se moldeaban a la forma de los hombres. Mi ignorancia acerca de ello les permitía conservar la licencia de acariciarme. De mis brazos y pecho aparecieron músculos que jamás había sospechado. Hasta mis piernas tenían entonces un tamaño y aspecto absolutamente normal. Un poco chuecas, es cierto. Esto es algo que mi madre se reprochará siempre. No haber intervenido a tiempo. Creo que si no lo hizo, fue justamente porque nada sugería otra cosa que permitiera sospechar algún tipo de deformidad física.

Progresivamente mis pies fueron abandonando la paralela que es normal que formen. El ángulo de la cuña de ambos pies era cada vez más notorio. Desde un punto de vista geométrico, que fue el que eligió un médico para explicarle a mi madre, el avance se agudizaba. Lo que sucedía podía describirse como la tendencia de los ángulos a devenir más agudos. Nunca pensé que mis pies pudieran llegar a torcerse de modo que se tocaran las puntas. Para que ello fuera posible, mis piernas habían colaborado. Es decir, habían girado a la altura de la cadera para quedar literalmente enfrentadas.

Las técnicas que ofertaban los médicos se mostraron todas inoperantes. Mi caso, así nombraban los uniformes blancos el tema de mis piernas, no tenía solución. Visitamos muchos, de nuestra ciudad y de otras. Médico al que llegábamos, se entusiasmaba con el fracaso de sus colegas ante mi desgracia. Cuando perdía la esperanza, y no tardaba en suceder, preferían tenerme lo más lejos posible. Me derivaban. Y así estuvimos con mi madre, derivando hasta que nuestro dinero se secó por completo. Nuestras lágrimas también habían secado. Comprobamos que los médicos para conservar su orgullo y prestigio pierden rápido la esperanza. Y que nosotros no podíamos darnos el lujo de perderla.

Playa

Una sola vez en mi vida fui a la playa. En realidad, fuimos. Mis padres y yo. Acostados en la arena, sentí una molestia en la espalda. La molestia se desplazó algunos centímetros por mi cuerpo. Al moverme para acomodar -lo que suponía una piedrita- en alguna concavidad entre mis hombros, la molestia cesaba. Así un rato. Hasta que del lugar en que estaba la molestia, recibí un pellizco punzante. Me incorporó mi propio alarido. Debajo de la toalla, casi del mismo color de la arena, descubrí al agresor. Un bicho parecido a una araña pero con el tronco levemente incorporado me desafiaba con la mirada.
El sol hacía brillar las pinzas que exhibía en cada mano. Las abría y las cerraba. Por lo demás estaba quieto, y en lo que supuse, posición de ataque. Quizás mis movimientos habían sido interpretados por una invitación a pelear. Y sin embargo, lejos de una insinuación guerrera, mis movimientos de espalda sólo habían sido intentos de acoplarme mejor a la naturaleza de la playa. El bicho –después supe que los llamaban cangrejos- se desplazó lateralmente unos centímetros. Su andar le permitía mantener no abandonar la guardia. Cuando estuvo a unos metros acepté que el combate había concluido. Recuerdo que mi madre hizo un chiste. Quizás para calmarme, no sé. Dijo que peor hubiera sido que se me metiera adentro por el culo. Lo que me molestó sobretodo fue que usara esa palabra. No culo, sino la palabra molestia. Eso fue lo que sentí. Y eso fue lo que según ella había sentido durante los meses de mi embarazo. Una molestia. Desde aquella vez, guardo una inexplicable fascinación por los cangrejos.

Sueño

Una noche tuve un sueño. Horrible. Estaba en el tinglado al que ya me referí y voy diariamente. Pero la diferencia era que lo visitaba de noche. Para mi asombro los caños, chapas y cisternas que durante el día lucían un óxido más o menos parejo, en el sueño estaban iridiscentes. De su superficie brillaban fucsias, y una gama inabarcable de colores fosforescentes. Rebotaban, entre ellos, esos fogonazos de luz. Hacían acordar a esas estrellitas que los chicos pegan en el techo de sus habitaciones. Y que cuando el cuarto queda en oscuridad, asoman su débil tintineo. Lo que era llamativo era el material de las estructuras. Juro que se veían iguales a huesos. De una ballena, o algún animal marino que ni los libros de biología sospechan. El techo del tinglado era sin duda su caparazón. Y los tubos, sus largas piernas.
Caminé debajo de él, con miedo a que me aplastara. Cuando llegué al mar pude verlo de frente. Es un modo de decir, porque ver un cangrejo de frente, es en realidad, verlo de costado. Digamos que es un bicho que enfrenta la realidad, de costado. Había otra cosa clarísima. Los dos faroles que había visto siempre apagados, eran sus ojos. Y estaban encendidos. Por ello, supongo, había un ejército interminable de cangrejos que abandonaban el mar y se dirigían al tinglado. Enceguecidos por esos ojos de cuarzo se introducían en una cámara situada en la panza del cangrejo. Seguí su dirección. Me ganó la curiosidad de saber, qué había en la oscuridad en la que todos decidían hundirse. Y por otra parte, debí moverme para no ser arrasado por el movimiento orquestado de ese batallón.
Dentro de la cavidad del cangrejo, observé que de la parte superior colgaban una hilera interminable de pinzas. Era transportado por una cinta mecánica, de ésas que se utilizan para correr dentro de las casas. El movimiento irregular de la cinta me hizo caer. Boca arriba vi descender dos pinzas sobre mi vientre. Con un simple tajo lo abrieron de lado a lado. Comenzaron a extraer mis intestinos. Me asombró su longitud. Jamás hubiera pensado que mi panza era capaz de alojar tantos metros de inestino arrollado. Sentí una molestia en la garganta. De un tirón me gue arrancada del fondo de la boca. Lógicamente era el comienzo de los intestinos, y como tal formaba parte de ellos. El tironeo siguió, y donde comencé a sentir una especie de cosquilleo fue en el ano. Estaba siendo literalmente vaciado. Lo más espantoso fue lo que hicieron después.
Casi a la altura del ombligo tironearon acertadamente en algo que terminaba en la punta de mi pene. Como un guante comenzó a desenfundarse. Pude advertir como iba quedando de mi miembro, apenas una piel blanda parecida a la del escroto. Una vez vaciado, las pinzas llevaron su trofeo hacia una cavidad que deglutía el troperío de un bocado. En el sueño también tenía una ocurrencia. Pensé lo siguiente, los cangrejos son astutos al no comer a los otros. Ellos comen directamente la comida de los otros. Me pareció una bellísima y terrible idea. Cuando desperté fui a buscar un vaso de agua. Con el primer trago sentí el mar en la garganta. Casi me ahogo. Afortunadamente, mi madre me auxilió de mala gana.

Mi madre

En esa época, las horas que pasaba mi madre en casa eran cada vez menos. Y eso, no implicaba necesariamente más trabajo. Recuerdo que al principio podía trabajar puertas adentro. Pero, después de lo que todos sabemos, la gente decidió no abandonar sus casas. De a poco las visitas de los clientes fijos comenzaron a menguar su asiduidad. Demasiado riego, decían para consolar a mi madre. Hasta entonces ser atendidos por mi madre también había sido riesgoso. Por las enfermedades, lógico, y por lo que se puede llegar a enterar. Y es indudable que esa cuota de peligrosidad era constitutiva de esa experiencia de placer. Pero después el riesgo dejó de ser algo calculable. O al menos, sus límites habían dejado de ser claros. Y ellos no se querían exponer. Por eso mi madre resolvió ofrecer sus servicios a domicilio. Si el trabajo no toca la puerta de tu casa, deberás salir a buscarlo. O algo así.

Por el mismo motivo que mi madre debía irse de casa, yo debía quedarme. En esa época, se decía que había quienes aprovechaban las horas de jornada laboral, para ocupar las casas. Al regresar, se encontraban con que su llave, había olvidado cómo abrir la puerta. Si tenían suerte los usurpadores habían dejado las pertenencias del otro lado de la puerta. Lo que volvía menos tolerable la injusticia indiscutible de la acción. Ese gesto de generosidad negaba la atrocidad. O al menos introducía ambigüedad donde no era admisible.
A veces cuando mi madre regresaba a casa, a pesar de su cansancio intercambiábamos algunas palabras. Durante la cena me contaba quiénes habían sido desalojados. Desconocía los apellidos de las familias que nombraba, pero me gustaba oírla hablar. Al principio se vieron encarnizadas peleas en todas las cuadras. Hubo muertes de las que nadie se sintió culpable. Sobre sangre seca, se derramó sangre fresca. La mayoría recordó que era capaz de matar. Y no sólo estaba dispuesto a hacerlo, sino que después de haberlo hecho, guardaban cierta fascinación con el nuevo chiche que era para algunos matar. Pero al cabo de un tiempo la violencia disminuyó notablemente. Creo que no somos un pueblo lo suficientemente sanguinario. Cuando nuestra casa vecina fue ocupada, por ejemplo, oí que sus dueños le agradecían a los usurpadores haberles dejado los muebles afuera. Agradecido.

La visita

De afuera parecía un parque de diversiones. Nunca estuve en uno, pero estoy seguro de que deben ser así. Más grandes quizás, pero así de exuberantes. Hacía acordar al despilfarro de naturaleza los días después del big bang. Eran inagotables las formas de plástico y caño retorcidos. Enormes tubos -como piernas- bajaban agresivamente veinte metros de altura y encastraban en recipientes que sospeché vacíos. Otros, por su trayectoria horizontal más pareja y prolongada debían ser de traslación. Interna, de algún líquido pongamos. Muchas piezas en su superficie chorreaban el metal ahora seco de la soldadura. Había grandes cisternas que aboyados por el viento sugerían órganos del cuerpo. Distinguí un estómago perfecto. Y anillos intestinales que era difícil negar. Advertí después, que todas las estructuras se incrustaban en una especie de techo o caparazón. De chapa, seguramente en la que culminaban.

Aquel día -creo de otoño- bajé equivocadamente del colectivo. Por ignorancia o ansiedad, tal vez ambas, bajé en la parada anterior. A esa altura, bien podría haber sido la posterior. Eso lo supe después. Entonces, mi desconocimiento del lugar volvía ambas direcciones: igual de posibles, igual de ciertas. Caminaba apurado como si fuera hacia la primera clase de algo. He comprobado que lo único que se exige en una primera clase es puntualidad. Es el primer acuerdo. Y a veces, hasta una promesa cumplida. Habrá aprendizaje. Apuré aún más el paso. Me hubiera gustado correr.

Es cierto que su tamaño es lo que en un primer momento triunfaba en la percepción. Pero al rato, lo más llamativo y asombroso era el riesgo formal de esas arquitecturas. Su agresividad con el espacio. No sé me ocurre otra manera mejor de nombrarlo. El óxido, sin duda, también le daba un aire de época. Como si ese espacio estuviera fuera o al margen del tiempo. Como si hubiera pertenecido a una edad prehistórica. Pero de la que inexplicablemente tenemos recuerdo de haber visto alguna vez. Creo que lo que las mantenía vigentes era eso. La perseverancia en ese gesto de violencia. Y el tiempo evitaba con astucia el filo de sus lados.

Desde el colectivo, había visto cómo, paulatinamente, a medida que uno se alejaba del centro de la ciudad y se acercaba a la periferia, las cuadras iban abandonando la rigurosidad de su definición. A veces los cien metros se prolongaban en kilómetros. El recorrido del colectivo era poco original. Repetía con menos sinuosidad el trazado de la costa. A veces en algunas esquinas asomaba el mar. Es divertido pensar que había quienes vivían entre una calle y el mar. Viajábamos por aquella zona, donde la periodicidad de las calles que cortaban la principal, se volvía más caprichosa. Cuando toqué el timbre, para avisarle al conductor que bajaba en la próxima parada, éste detuvo inmediatamente el colectivo. Se abrió la puerta y descendí. No había ningún poste que indicara que había allí una parada.
En la entrada del lugar unas puertas de reja entorpecían el ingreso. Pasé con holgura por la panza de la curva entre dos rejas. Un tejido de alambre rodeaba todo el perímetro de la construcción. En inspecciones posteriores comprobé que en muchas partes el tejido estaba roto. Lo que le daba un carácter más ridículo a las rejas de la entrada. Creo que a otros este lugar les hubiera parecido obsoleto. Hasta innecesario. Es probable que tuvieran razón. El viaje y cierta prisa -no sé de qué- habían alojado en mi vientre la urgencia inconfundible de un pis. Por lo visto, su postergación con la caminata no había sido exitosa. Sentí agudas puntadas en la panza. Con precisión quirúrgica había pinzas que tironeaban de mi vejiga. Orinar era una actividad que sólo hacía en soledad. Por eso siempre evitaba la intemperie. Aclaro, por lo inabarcable. La inmensidad permite alojar miradas curiosas que se ocultan de la nuestra. Y la sospecha de una, alcanza para frustrar la soledad imprescindible. No dije que vivo con mi madre. En casa el baño al ser tan pequeño permite controlar la privacidad que reclama orinar. Hace un tiempo me di cuenta que si pongo la radio con el volumen bien fuerte antes de ir al baño, orinar me da más placer. Es curioso, pero es una práctica que conservo. Aún cuando mi madre no está.

No sé porqué al cruzar las rejas recordé el rostro del conductor. Después de lo que todos sabemos, el espacio de los chóferes había sido cercado por pequeños cubículos. En realidad, se trataba de dos planchas de vidrio grueso. Quizás blindado. Lo que daba la impresión de que estuvieran en una pecera. A mi madre le llamaban mucho la atención ese tipo de cosas. Esas que al separarse de lo público enseguida las rodea un aura espectacular. Como sucede con los escenarios, por ejemplo. Y es cierto, había teatralidad en esa especie de vidriera. Contaba que había algo de desorientación en la imagen que el espejo retrovisor, me había devuelto del chofer. Usé esa palabra, aunque no es la que mejor se ajusta al aire de su rostro. Confieso que revela más un límite personal que la justeza de la descripción. Como a esa altura del viaje era el único pasajero, al descender, dejaba el colectivo vacío. Creo que algo de eso conmovió al conductor. Y a pesar de que quizás hubiera querido ocultarlo, en su rostro era evidente. A eso me refería, con la palabra desorientación. Aunque ni él ni yo supiéramos nombrarlo, algo de viajar con el colectivo vacío lo volvía injustificado. A él, a su trabajo. Y todos los asientos del coche vacíos, volvían esta evidencia insoportable. Es decir que si había frenado de inmediato, lo había hecho por bronca. Mi decisión de descender, lo introducía en el viaje por delante, al dominio de lo injustificado. Había decidido por los dos. Sospeché que a modo de venganza, a la vuelta, cuando lo aguardara en la parada, no detendría la unidad. Afortunadamente me equivoqué.