Un día a la hora del almuerzo, oí ruidos sospechosos. Mi madre me había prohibido hablar o representar voces. Nuestro apartamento no tenía ventanas. La única, que daba a la calle, había sido tapiada. Supuse el ruido de una lima o sierrita. Una puerta se abre con muy pocas herramientas. Por la mirilla no vi nada extraño. Era un sonido que hacía vibrar por un instante las paredes, y luego cesaba. Como el eructo de una ballena. Las paredes amortiguaban el barrido sonoro. Recorrí las habitaciones sin suerte. Se oía fuerte el volumen, pero sin definición.
Fue en el baño que oí con claridad que se trataba de una voz humana. Femenina, sin duda. Ascendía y descendía con una sílaba las escalas. La la la la la. Ro ro ro ro ro. Era tan distinto. A mi doble erre, digo. El zumbido atornillado de las erre era un ruido continuo. En cambio, las sílabas de esta voz, se podían distinguir perfectamente. Eran como suaves golpes de un martillo enfundado en una esponja. Al mantener la distancia entre una nota y la siguiente, podía oírse con claridad el ascenso o descenso. Después supe que sostener una nota y prolongarla hasta el silencio, eran ejercicios de vocalización.
En el baño había ladrillos de distintos materiales. De modo que, como el resto de las paredes del apartamento, su superficie era irregular. En lugares se arqueaba como en una cueva, y en otros al abrirse hacia afuera daba la sensación de estar adentro de un hongo. Aclaro esto porque en el baño, además de ladrillos comunes, había otros de vidrio grueso. Ingresaba por ellos cierta claridad del día. Tenían la particularidad de ser huecos. Esto favorecía la transmisión de la luz, y en este caso el sonido. Sin embargo, la voz llegaba lejana y apagada. Resolví remover alguna pieza de vidrio grueso para oír mejor. Una de ellas, que estaba a la altura de la cintura, tenía un pequeño juego. Introduje la hoja de un cuchillo en los huecos del material. Colaboré con paciencia en cada abertura que ofrecía la mezcla. Con un soplido limpiaba el polvillo para descubrir huecos más profundos. En un momento, apenas si llegaba con la punta del cuchillo. El filo serrucho se adaptó bien al uso de lima. Pude sacar limpia la pieza de vidrio grueso. Y la voz ingresó como un manguerazo de agua por el flamante agujero. Inundó el pequeño recinto del baño. Por su estructura cerrada amplificaba el sonido al resto del apartamento. Me acosté en la bañadera a escuchar.
Era incomprensible. El idioma del canto no era el de nuestro país. Introducía un motivo que luego repetía hasta tres veces. La voz sonaba abovedada. Como si viniese de varios pisos más arriba. Arrastraba el cielo en su descenso. Pensé en una mujer pájaro encerrada en una jaula. Que todas las mañanas hacía de sus alas, su voz. Con la cabeza apoyada en la pared, me sumergí en la música de su aleteo. Cerré la canilla cuando la bañera estaba casi llena. Y me dejé caer en el fondo. Las vibraciones repetían en el agua un oleaje suave. Involuntario. Pensé que el fondo del mar debía ser parecido. Una música que sospechamos a kilómetros de distancia. La conversación infinita de las olas. El cuerpo hamacándose sin esfuerzo en ese vaivén. Arrastrado por corrientes más o menos frías, por manos más o menos conocidas. Es curioso, pero sumergido varios minutos bajo el agua, tenía la sensación de que si asomaba la cabeza a la superficie me iba a ahogar. Instantáneamente. Como si mis órganos respiratorios no fueran capaces de asimilar la brusquedad del cambio. En el agua me pasaba eso. Se disolvía lo que para mí era lo más natural. No se me ocurre una manera mejor de explicarlo. Al asomar la cabeza, estornudé. La voz de repente calló. Y alguien respondió del otro lado.
Nos costó mucho conocernos. En realidad, vernos. Ella igual que yo tenía prohibido salir de su apartamento. Pasamos días enteros charlando. Riéndonos, peleándonos, hasta odiándonos sin habernos visto. Quizás esa imposibilidad nos habilitaba para confiarnos los secretos más íntimos. Cuando logramos vernos, sabíamos todo el uno del otro. Supe que su madre la había dejado en manos de unas monjas. Y no por convicción religiosa. Su gesto de abandono más bien negaba los preceptos de la institución. Las monjas habían negado su admisión por lo avanzado de su edad. Pero después de lo que todos sabemos, la vida pasaba sin demorarse en burocracias morales. El destino de muchas niñas fueron los conventos. De modo que el dinero que su madre entregó a la institución la volvió una niña como las demás.
Allí adquirió los hábitos. Hasta que ella no me lo explicó, advertí que jamás había comprendido del todo esa palabra. Ser monja, es incorporar una serie de hábitos de vida poco comunes. La vida allí dentro se disciplina en horarios muy estrictos. La mañana amanecía con la oración. Se rezaban plegarias que sólo correspondían a ese preciso momento del día. Luego se hacía la cama. Había un breve momento para higienizarse. Y después se tomaba una mate cocido acompañado por galletas o pan. Las novicias se dividían en grupos para desarrollar las actividades. Hacer dulce, círculos de oración, cocinar el almuerzo, limpieza, confección de rosarios con rosas. Odió a todas las monjas, excepto una. La profesora de canto. Mientras ella me contaba esto por la abertura, yo hacía algo que no me atrevía a confesarle. Acompañaba sus relatos frotándome por el cuerpo la mano de sal.
Yo le conté el problema de mis piernas, de la visita, de mi madre, mis sueños, la playa, los métodos caseros, el abandono, mis hipótesis, la sugerencia. Le hablé del abandono, de los apagones, el malecón y mi equilibrio. Todo menos la mano de sal. Mis piernas le generaban una curiosidad enorme. Quería verlas. Una vez se me ocurrió el modo de convencerla. Si yo la visitaba eso no implicaba en realidad que ella saliera. Era yo el que estaba cometiendo la falta. Esa misma mañana, como lo hacía para ir al tinglado, puse un cartón en la puerta. Cuando mi madre se fue, al tirar del cartón la puerta se abrió. Con un cuchillo con serrucho y una hoja de cartón nueva logré abrir la puerta del apartamento de al lado. Ella me había imaginado más petiso. Yo más fea.Pasamos unos minutos simplemente mirándonos. Me hizo bajarme los pantalones para ver bien lo de mis piernas. Tenía el pelo recogido detrás con una hebilla. Jamás había visto una así. Mi madre no solía sujetarse el pelo. Dos resortes hacían fuerza hacia lados contrarios. La hebilla prendía con una fuerza envidiable. Me la coloqué un dedo por uno. Ella la quitó de mi pulgar y me la prendió en la nariz. Intenté con las manos pero no lograba aprehenderla. Su risa más bronca me daba. Choqué mi nariz contra una pared y me fui al piso. Más esfuerzos por quitármela, más me ahogaba. Recién cuando de mi boca empezó a salir espuma ella me asistió. Su susto era mayor al mío. Me desarmé en el piso como si hubiera muerto.